06 abril 2010

Las fotos no se cansan.

Anoche soñé que escribía una historia bastante complicada pero lo importante no era la historia en sí, hablando de la trama, sino más bien del tono con que estaba contada y cómo en realidad soñaba las imágenes y las sensaciones que me provocaban su lectura, que fueron con las que desperté luego, como suele ocurrir cuando te despertás de un sueño vívido, contento o triste; en este caso contento porque si bien la historia era muy triste, estaba bien contada y a mí me importa más escribir una historia que logre vivir a quedarme en si es triste o alegre; así que me desperté contento, a pesar de que soñaba que un tipo gris se suicidaba; un tipo mayor, casi sesentón, pelo bastante largo peinado a la gomina, bastos anteojos oscuros, vestido como se visten ciertas personas cuando llegan a cierta edad: pantalón pinzado arriba de la cadera, camisa de mangas cortas con dos bolsillos, prendida hasta el cuello, todo él tonos apagados, un estereotipo bastante poco imaginativo del tío solterón o viudo que convive en la habitación del fondo con una familia algo lejana que suspira discreta por sus manías y avatares, como escuchar radio todo el día o empezar el diario siempre por los obituarios, pero tratándolo con un afecto respetuoso que es devuelto diligentemente como un tributo ineludible, como un alquiler, hijo del pudor por esa soledad que lo amenaza fuera de la casa, plenamente consciente de su estado de rezago de una vida que ya no existe pero porfiado en ésta que sí, igual que las fotografías que lo acompañan y que, sabiendo que representan también una vida que ya no existe, están ahí, un poco decoloradas pero diciendo este es el mismo hombre, muy joven, sonriendo en Villa del Dique con una sombra larga a sus pies que deja adivinar al fotógrafo, en este caso a la fotógrafa, sacándole ese mismo retrato  "para la posteridad" como dijo la sombra cuando lo convenció de posar con las achiras y el Embalse de fondo, tan lejos y hace tanto tiempo que ya no retiene de esos años más que la frase de Mabel, la fotógrafa, y la foto misma, imposible separar una cosa de la otra: Mabel tapándose la cara con la Kodak y diciendo lo de la posteridad con una sonrisa y esa foto que tiene en la mano que mira, porfiada según lo dicho, lo que una pequeña mujer rubia miraba hace tantísimos años en una localidad de Córdoba sobre la ruta 51 en el momento en que intentaba evitar que él, un hombre que ya se adivinaba gris, pensara en una futura supervivencia en el cuartito del fondo mirando fotografías optimistas, escuchando la radio y leyendo obituarios; con tal que un día él no creyera que llegaba a una posteridad pero desasosegada, ausente en el espíritu de la foto, porque Mabel había mencionado la posteridad como quien habla de una eternidad en bronce y no una sólo relevante a los gusanos y porque la posible ausencia de ella, de Mabel, que ya se gestaba en aquel viaje al Valle de Calamuchita, no significara otra cosa que un mal momento en una vida llena de éxitos y digna de una posteridad de bronce pero sin ella, sin Mabel, esa pequeña fotógrafa que aparecería un día futuro en la página de obituarios que leía obsesivamente el hombre, como era su costumbre, con un lacónico Mabel S., Q.E.P.D., sus sobrinos participan su deceso, el mismo día que decidió dejarle a los gusanos sus anhelos de posteridad.