09 marzo 2010

Maten al nostálgico.

Hace treinta y pico de años, cuando llegaba marzo por fin, era feliz; llegaba el día que venía añorando desde el final de clases y que ahora me ahogaba de expectativas; el día de vuelta a clases.
Ansioso, me levantaba temprano tratando de hacer al mismo tiempo todo lo que había dejado para último momento por la desconfianza materna a mi grafopatía consumidora de stocks, que negaba un acceso más temprano aduciendo ruinas económicas terribles.
Terminada la larga faena de preparación quedaba lo mejor del día. No, no era que me gustara tanto la escuela; en realidad me gustaba bastante poco. Mi alegría se llenaba de imágenes: anteojos de marco grueso, mejillas arreboladas, dientes perfectos, risa fácil, y un pelo castaño que brillaría al sol al hacer fila en el patio. Caminaría doblada por el peso de una valija de cuero negro que estaría como siempre llena hasta reventar. Contestaría a las consignas docentes con sabiduría, gracia y salero y haría que odiara mi palurdismo sofocado de lecturas inconvenientes y desesperadas, tan vergonzante como una prenda llena de remiendos en una baile de gala.
Aprendí con aquella muchachita, una mujer en ciernes, a admirar; y desde entonces supe que no iba a amar de otra manera. Hubo decepciones e incluso traicioné lo aprendido, creyéndome capaz de saltearme el requisito, para ponerlo a prueba.
Porque incluso me rebelé a eso, a admirar.
Qué iluso.