23 marzo 2010

Cuestión de números

30.001 - 1
Este 24 de Marzo no voy a dedicar la memoria a los 30.000 detenidos desaparecidos durante la última Dictadura. Desde la desaparición de Jorge Julio López, en plena democracia, los reclamos por los desaparecidos no tienen sentido pleno porque es evidente que lo dejan afuera; las organizaciones de DD.HH. más afines al gobierno (y más presentes en los medios) se cuidan muy bien de nombrarlo y en otras menos cercanas hay una sensación de que 'no es tan grave' y no lo reclaman con privilegio.
Decíamos, antes de López, que la desaparición metódica y organizada de personas que se dio en la Dictadura sólo pudo ser posible con un Estado criminal que alineó sus ejes en función de una aberración psicópata, que hizo falta una fuerza militar cobarde que ambicionara una gloria que en el combate cuerpo a cuerpo se le hacía demasiado peligrosa y una sociedad civil, dividida entre el "partido militar" y la otra -religiosa y laica- cómplice por abúlica y temerosa, que prefirió pensar en que "algo habrán hecho" cuando familiares, amigos y conocidos desaparecieran de la faz de la tierra.
Reivindicar a los 30.000 sin sumarle a López es una vuelta a la convivencia con el "algo habrán hecho" tranquilizador.
Aparición con vida.
¿Cómo podemos sostener la "aparición con vida" de chupados hace treinta años en promedio y no hacerlo con uno que se esfumó en nuestras narices, con todas las instituciones y poderes vigentes? ¿Quién más que López es una incógnita a resolver con prioridad, para desbaratar la grave afrenta?.
Sin embargo, esta desaparición -vinculada a los juicios por aquellos hechos, por lo que en esta fecha específicamente la separamos de la de Luciano Arruga- demuestra que el aparato montado entonces sigue vigente y que aún en democracia la desaparición de personas es posible. El Estado que fue actor no es el actual, claro. Es aquél montado especialmente, el que sigue vivo en el juramento de secreto que le dio nacimiento en los últimos días de Isabel y que es su misma esencia.
Encontrar a López, develar su paradero, es una puñalada al corazón de la Dictadura. Es demostrar fehacientemente que los asesinos mienten cuando dicen que no recuerdan, que no estaban al tanto, que sus funciones no estaban en el nivel en el que se cometieron los hechos que se les imputan y sus otras mil excusas. Es decirles que pueden intentar todo, pero que no se saldrán con la suya.
Ni olvido ni perdón: Justicia.
Esta consigna, sin saber donde está uno de los testigos de cargo contra Etchecolatz, es un contrasentido. No hay justicia sin testigos, y esa es precisamente la causa del pacto de secreto entre los culpables, en el que se incluye la desaparición definitiva de posibles testigos, antes y ahora. Por eso es fundamental dar con López, olvidarlo es perdonar su ausencia.
Dos demonios.
No importa cómo ni quién esté detrás del hecho, importa dar con Julio López. Por eso, debería ser una demanda de toda la democracia. En vez de especular sobre quiénes lo desaparecieron, jugando con cargar pesos en un sector y descargarlos de otro, habría que estar sumamente interesado en el caso de Julio López. Así Lopez fuera la peor lacra -peor aún que los criminales a los que acusa- es tremendamente importante saber dónde está. Si fueron los K. quienes están detrás de su desaparición, como dicen algunos, ¿qué mejor que desenmascararlos?, de paso a los asesinos (y sus amigos) les viene al pelo que un testigo desaparezca en manos de los K., sobre todo en una causa paradigmática. Hasta sirve como ejemplo.; si fueron los "amigos" de Etchecolatz, ¿qué mejor que demostrar que el revisionismo y la defensa de los DD.HH. no son para la tribuna?. No importa la versión que nos cierre más, todos deberíamos querer dar con López. Pero parece que no.
No hacerle el juego al enemigo.
En estos días de raros pactos entre opositores, ex opositores, neo oficialistas, y un largo etcétera, el tema vuelve a provocar extrañas convivencias: para el Gobierno y las asociaciones que lo defienden por su reivindicación de los antiguos 30.000, López es una vergüenza que es mejor no mencionar. Tendrán como cómplices, primero, a Clarín y sus periodistas, porque desde que el tema de los hijos de Ernestina Herrera de Noble está en el tapete, es como nombrar la soga en la casa del ahorcado. También serán sus cómplices, en segundo lugar, el garcaje en general (tan nebuloso él) que piensa que la reapertura de los juicios es revisarles los roperos y que López es un buen ejemplo de por qué es mejor echar todo al olvido.
Como en aquellos tiempos hermosos del romance Clarín/K. (los tiempos de la fusión Cablevisión-Multicanal), la Cámpora, Clarín, Página, la UIA y la SRA estarán juntos, omitiendo a López.
El resto, solos, seguiremos predicando en el desierto.