12 febrero 2010

¡Los snobs atacan de nuevo!

Cuando repaso las cosas escritas y dichas a raíz del éxito temprano de público y de la posterior nominación al Oscar de "El secreto de sus ojos" recuerdo por qué me cuido mucho de volverme un snob sin remedio. Quienes frecuentamos algunos arrabales corremos el riesgo de perdernos en calles que no conocemos pero que podemos fingir conocer. En algunos círculos, el carnet de iconoclasta de la boca de ganso parece requisito infranqueable y uno entra pagando o mira de afuera, como el chiquilín.
Separemos un poco las críticas y veamos dónde le pegan fuerte los críticos:


Ataques ad hominem:
A los hijos de El Amante les molestan los directores como Campanella. A medio camino de todos lados, el director no es ciento por ciento algo. No les gusta que dirija series en Estados Unidos, no les gusta que elija historias que la gente quiera ver, no les gusta que no sufra para hacer películas, no les gusta que lo apoyen ciertos sectores (como Telefé) de la pequeñita industria local. No les gusta él, en definitiva.
La película, como todas, tiene momentos buenos, excelentes y malos. Es algo universal a las artes dramáticas: por ejemplo, soy un fanático incansable de Casablanca, pero cada vez que llegan a la parte "bonita" de la historia, adelanto o hago zapping. No me la puedo fumar, me resulta chocante el cambio del Rick sombrío al pavote al que plantan en la Ciudad Luz. Me molesta esa parte de la película, el cambio en el tono de los actores (porque no tenían ni pálida idea de cómo terminaba la película, cosa muy festejada por los snobs) y pienso que si alguna vez hacen una remake, sólo deberían rehacer esa parte (Ah, si ciertas personas me leyeran qué quilombo se armaría acá, pero estoy a salvo). Pero Casablanca sigue siendo la mejor película para ver un día cualquiera.
El balance de "El secreto...", entonces: pésima la parte del tren, algunos planos demasiado largos, cierto exceso a lo Hollywood (lo filmo porque puedo filmarlo, algo que los de El Amante le festejan a Avatar, que costó cientos de veces más). Sin embargo, todos ripios culpa del director o quien fuera que se salvan con

La Historia
Según un concienzudo relevamiento que obra en mi poder -hecho por mis especialistas- un 75% de las críticas jamás hablaron de la verdadera historia contada ahí; no, no de la historia que Chaparro (Darín en el papel de Espósito en el filme) quiere contar al principio para expiar su alma de décadas de ser un gris; sino de la historia que tentó a Eduardo Sacheri a escribirla.
-¿Sacheri? ¿Quién es ése? Es una película de Campanella, man.
-Psé, pero fue una novela antes, "La pregunta de sus ojos" muy bien escrita y excelentemente contada por Sacheri.
-¿Vos decís el libro?
-Sí, el libro. Es de un escritor no muy difundido, más conocido por unos cuentos futboleros que leía Apo en la radio.
-¿Apo? ¿Futboleros? ¡Puaj! No, no lo leí, jaja. Si fuera Arlt o Cortázar quizá le daría una oportunidad. Pero no hace falta, ya vi la película y, encima, vos decís que escribía cuentos de fútbol. Vamos.
-Yo pensaba que para comprender una película era bueno leer el libro, cuando era previo, como documentación y sobre todo para ver qué es obra del director, qué de la historia original y, sobre todo, qué valores se ganan o se pierden en la reconstrucción fílmica.
-En la facu son muy claros con eso. Nosotros juzgamos la obra fílmica, su relevancia como hecho único...
-¿No leían los libros?
-Claro que sí, ¡pero libros con cierto renombre y de películas indiscutibles! Al final, tanto te mencionan a "Las Babas del Diablo" de Cortázar como inspirador de Blow Up que lo terminás leyendo sólo para no quedar como un idiota, porque todos lo leyeron. Pero Cortázar es otra cosa. Y era un cuento, no una novela.
-¿Pero no te interesa leer el libro de Sacheri? Quizá la historia...
-¿Para qué? Te digo que ya vi ese bodrio sobrevalorado de Campanella...
-¿Quién lo sobrevalora?
-La Academia, que la nominó. Y los giles, que llenaron los cines.
-A mi me parece que la Academia la apreció justamente. Es una película hecha para ese mercado y para que se llenen los cines... 
-¡Pero por favor! ¡Esa película es apenas una más de los cientos de películas que la industria yanqui estrena al año sobre esos temas, encima mejor hechas!
-Sí, es cierto, la película tiene algunas cosas de dudoso criterio, pero en el libro...
-¿Qué libro?
Y así, con variantes, en un loop infinito y multiplicado.

Parece que la historia de la película no existe, sólo existen Campanella y en menor medida Darín y Villamil por el temita del romance y Francella por la novedad de verlo hacer de Francella con cuatro cambios menos. Casi nadie se acuerda de Pablo Rago que está impecable* y quien es el protagonista de la historia de Sacheri y de Chaparro/Espósito a pesar de que no parezca.
La historia, volvemos a ella, trata de la redención. También, trata de la Justicia. En un país que se debate por la pena de muerte, la justicia por mano propia, por la inseguridad, no debieran ser temas que pasaren desapercibidos. Sin embargo, es así, por lo menos para estos críticos. Morales (Pablo Rago, en la película) es la encarnación de la paciencia, el sumiso hombre gris que un día pierde el paraíso al que su mediocridad no lo hubiera podido llevar jamás. Morales pierde no sólo a su mujer, pierde un mundo que ya no podrá recrear de ninguna manera. Hombre gris, se encontrará con otros hombrecitos grises (Darín, Francella, Gioia) quienes obedeciendo al mandato del policial negro, se esfuerzan por seguir siendo buenos tipos en la propia mierda a la que están condenados. Uno de ellos, Darín, descubre dos berretines: que se puede aspirar a un amor que le ponga colores a las tristes cosas y que, perdida la oportunidad, el contar la historia quizá lo redima.
Todo lo demás que pasa en la película, pasa más o menos bien contado. Incluso las subtramas -que no están en el libro (la historia de Francella, el romance Darín/Villamil, Racing)- son tan poco importantes que enredarse ahí, como hicieron la gran mayoría de los que le bajaron el pulgar, es una muestra de que muchas veces el crítico no es mejor en su profesión que aquél a quien critica.
Lean un poco más, putos.

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* José Luis Gioia, uno de los pocos tipos que no son cordobeses que me hacen reír, fue también una revelación como el Inspector Báez. Merece una serie de televisión con ese personaje, ambientada en esos años. Tiembla Rodolfo Ranni.