09 febrero 2010

Conjurando futuros.

Ayer, desvariando como acostumbro cuando hablo de cosas que casi no vienen a colación en medio de una digresión que interrumpe una nota al margen, descubrí un hecho que no es tan notable por su repetición sino porque las personas que lo protagonizan son dos: hombre y mujer y, para colmo, sentimentalmente juntos.
Resulta que en varias oportunidades una pareja me sentó en una especie de juicio sumario sobre cuestiones tan disimiles como mi vida marital, mi ideología, mi actitud ante la vida y mis relaciones familiares y sociales, sin apelación de mi parte a su sapiencia o buen tino. Lo llamaré "la charlita".
Normalmente, he atribuido estas intervenciones al hecho de que las personas, a medida que crecen y van cumpliendo los mismos roles que sus mayores, asumen que tienen que hacer lo mismo que ellos. Es decir, es bueno ser revolucionario a los veinte, pero después de los treintitantos es mejor ser progre y a los cincuenta, conservador. Que está bien que en la adolescencia escuches Kiss, en los alocados veinte Bon Jovi, en la treintena Maná y en la madurez Kenny G.
También, siendo los familiares, amigos, compañeros de trabajo o demás deudos tan propensos a hacer comidilla de las cosas que le pasan a los otros -y sobre todo con quien comparten lecho-; estoy seguro que mi atribulada vida ha ocupado más de un cigarrillo post coito o una sobremesa y que ha sido diseccionada, destripada y expuesta para luego ser reordenada y extirpada de esa cosa tan perniciosa que me ocurre: ser yo.
Por otro lado, es sabido que los hombres no hablamos de ciertas cosas. Sobre todo si tenemos el culo sucio, como casi siempre. Entonces, cobardemente, acudimos a la parte emocionalmente inteligente de la pareja para que le diga al palurdo de marras (o sea: yo) que vea, que no es tan así, que lo que está haciendo (mi vida) está mal, que el enfoque debe ser otro, que se fije. Claro, cuando "la charlita" ocurre, el organismo bicéfalo se pone, necesariamente, de ejemplo explícito o tácito, depende el grado de soberbia y/o tacto.
Me han recomendado de todo, estos sufridos jueces vocacionales. De más está decir que más que mi perplejidad y mi fastidio momentáneo no obtuvieron mucho más. A lo sumo, hice constar en actas que mi vida era de su absoluta no incumbencia y que si bien agradecía la preocupación, más bien estaban viendo la paja en el ojo ajeno y que, mejor, pusieran atención en sus asuntos, no sea cosa. Obviamente, detrás de los consejos desinteresados hubo intereses que iban desde egos sublimados de a dos que necesitaban víctimas propiciatorias hasta estafas materiales o espirituales más o menos veladas, mezclado con un poco de lástima y bastante neurosis.
A mí no me sucedió mucho después de cada una de esas intervenciones, sólo lo que le pasa a uno que vive y no se muere mientras tanto. Incluso algunos más o menos la pegaron con las predicciones. A ellos también les pasó la vida, claro. Se ve que no tenían parejas que les dieran consejos. O sí: notablemente, un alto porcentaje se separó poco después o no le fue tan bien como parecía cuando se señalaban el pecho con el pulgar. Incluso uno terminó muy mal, como aventuraban que iba a terminar yo.
¿Será que proyectaban? ¿Será que les pasa como a mí, que siento una fascinación culposa por clochardes, cirujas y otros pobladores callejeros? A mí me encantaría que salieran de su condición fácilmente, que la calle no fuera una condena de por vida, que con una simple "charlita" conjurara para siempre mis miedos.
Qué lindo que el mundo funcionara así.