05 enero 2010

Que lloren los cocodrilos

Dolerse por la muerte de Sandro sin tener en el DNI la opción como donante de órganos debería ser una notable contradicción, sobre todo si hoy usted es uno de los miles que aparecerán públicamente haciendo público tal dolor. Sin embargo, aún no escuché a nadie decir: "Yo a Sandro lo quería, pero no le hubiese dado mis órganos ni en pedo", que es lo que realmente dice su DNI si tuvo la oportunidad de optar como donante y no lo hizo. La enorme, enorme, enorme mayoría de las personas que hoy estarán al sol horas esperando que los dejen entrar a la capilla ardiente optaron en contra de dicha posibilidad. En contra de salvar a Sandro.
Sandro murió por una enfermedad evitable, autoinfligida, es cierto. Dicha enfermedad se llama tabaquismo y se lleva a miles al año, cuyo jugo monetario va a parar a los bolsillos de las tabacaleras. Si a Sandro lo hubieran secuestrado durante 45 días para luego asesinarlo entre agonías, hoy saldrían todos a pedir la pena de muerte sumaria, otra vez. Sin embargo, ninguno de los que en ese caso "sacarían pechito" tienen la lucidez suficiente como para pontificar un par de minutos públicamente sobre los riesgos de fumar. Y mire, querido lector, que hoy hablará Dios y María Santísima sobre la muerte de Sandro. Amigos, colegas, haran mutis por el foro sobre la causa real de su muerte: su autodestructivo vicio y la ignorancia, el prejuicio y la cobardía.
No, no crea que yo me duelo de la muerte de Sandro. Tuvo sus opciones, como la gente que se duele hoy sin estar de acuerdo con la ablación de sus órganos, durante mucho tiempo durante muchos años y lo que le pasó, en gran medida, fue su responsabilidad. No fue una enfermedad azarosa.
Pienso en los miles que mueren, sandros anónimos, que no llegan a la mesa de transplantes.