22 enero 2010

Chapa chapa chapa chapa

Después del lugar común "la felicidad no es un estado continuo, sino que está hecha de momentos" es difícil decir algo más sin empaparse en el Mar del Perogrullo. Así que, con traje de buzo y tanque de oxígeno, me lanzo cual Jacques Cousteau del Concepto Remanido a dichas aguas:

Ayer me dieron una mala noticia, de esas que te pegan donde más te duele, en el alma. Ésas que no te pegan precisamente a vos, que le pegan a alguien a quien querés mucho. Esas noticias que, como en un campo minado, como en una epidemia o cuando cae una centella, le tocan a cualquiera con perfección estadística pero sin avisar y sin que jamás haya ido a caminar a un campo minado en una noche de tormenta sin haberse dado nunca una vacuna. Puede no saberse que el campito que se pisa está lleno de minas o que falta justo una vacuna o que San Pedro anda con ganas de agarrársela con cualquiera (distinto fuera si uno supiera).
Me enseña que no existe la felicidad perfecta: construir la felicidad perfecta, aspirar a algo así o al menos creer que algo así existe. Las personas con algún sentido del decoro, cuando más felices son, más sensibles deberían estar con las cosas que le pasan a los demás, como contrapartida por lo poco que pueden aportarles cuando son compañeros en desgracia, salvo (esto sí es la Plataforma Continental del Mar del Perogrullo) el llamado "Mal de Muchos". "No te aflijas por lo que te pasa, mirame a mí, acá estoy, hecho mierda", que equivale a decir "No seas lloricón, yo estoy peor" pero de manera que parezca una cosa positiva. Esa sensibilidad hace que uno nunca sea feliz del todo, salvo cuando se olvida de los demás.
Y por eso Dios (Freud) inventó la neurosis.