12 diciembre 2009

No me vengan a cambiar la ficha.

La estupidez está infravalorada en ciertos ámbitos. Estúpido, inepto, gil, imbécil (pronúnciese imcil, diría Gé) y cientos de otros calificativos más o menos sinónimos son los insultos más ofensivos que se pueden decir conservando cierta dignidad al proferirlos; las puteadas, ya fue demostrado, salvo cuando son dichas con gracia y salero, hablan más del insultador que del insultado. Un "¡tarado!" deja al ensambenitado con una sensación ambigua: le colgaron el mote, hay que reconocerlo, pero podría haber sido peor -por ejemplo, si le acabás de volcar el café en la ropa a tu jefe.
De ahí se deriva un corolario (entre muchos) muy utilizado en la función pública: es mejor pasar por estúpido que por corrupto, sobre todo si el horno no está para bollos. Un funcionario que deja pasar, que hace la vista gorda, es el perfecto candidato para zafar con este ardid. En caso de apremios, si se muestra farfullante cuando la prensa ("la opinión pública") le pide explicaciones, se encoge de hombros, da una excusa pueril que podría refutar hasta un infante de cuatro años que apenas conoce 200 palabras, listo; el periodismo, víctima de su sempiterna vagancia -ya volveremos sobre esto- muerde el cebo y zafa. Quizá al dicho funcionario le cueste el puesto, pero ¿quién se quiere jubilar?, mejor ser un estúpido desempleado libre que preso.
Y en el párrafo anterior, a los más avezados no se les escapó seguro eso de "sempiterna vagancia", otra vez lo mismo. No es vagancia, no. Es algo más profundo, dañino e inconfesable. Con los "estúpidos" la prensa suele jugar un juego de complicidad, en el que comparten algunos frutos y toda la gloria, buena o mala (pero menos de la última, porque si no no se explicarían las longevidades de ciertas carreras periodísticas, muchas veces sobrevivientes por décadas a antiguos socios "estúpidos"): cualquier aprendiz sabe que una "operación de prensa" fallida ayer mismo se cubre con los diarios de hoy (que traen en primera plana un nuevo operativo) y que el pase a "tarambana" del infeliz que dio la cara cuando "se decía" tal o cual cosa es bastante benévola. Chequear lo que dice una fuente tanto en calidad como en intención es imprescindible para no ser el equivalente a un funcionario público corrupto.
Todo el tema de la familia que murió trágicamente de unas de las causas más frecuentes de muerte violenta en la Argentina distaba mucho de ser un problema policial, pero se convirtió en tal cuando los responsables de la búsqueda descartaron la posibilidad de encontrar el vehículo cuando a los pocos días nadie reportó un accidente.
La ausencia de dicho reporte dio por seguro el robo del vehículo, con desguace casi inmediato. Algún "loquito" había ido más allá de la "repentización" del asesinato en ocasión de robo y se había "pasado de rosca" para conseguir la increíblemente bien cotizada Fiat Weekend. Quien encontrara los cuerpos no lo iba a hacer en una ruta, eso seguro. Y quien los encontrara, también, corría el riesgo de que la sensibilidad provocada por las hijas del matrimonio destapara todo el circo. Encima, que aparecieran los cuerpos en determinado lugar no quería decir nada. Podrían haber sido asaltados a cientos de kilómetros y convenientemente sepultados en un paraje apartado y lejos de responsabilidades amigas.
¿Qué premio iba a conseguir el afortunado que hallara en su jurisdicción a la familia oportunamente sepultada? Una prueba irrefutable de que el robo de vehículos se estaba desmadrando y que, decisión política mediante, se podía acabar el negocio. El divergir el foco del asunto rindió sus frutos y por veintidós días la cosa iba bien, hasta que la ingenuidad hizo su aparición: los Pomar habían muerto de lo que deberían haber muerto y, sobre todo, aparecían cual "Carta robada" a la vista de cualquier salame que mirara como buscando y no esquivando: un montecito en el medio de la nada.
No se dejen engañar, no hay inepsia. Tal vez la fiscal, a quién por vicio y deformación profesional -es abogada- no se le ocurrió acompañar a los policías mientras buscaban -para eso tiene unos cuantos recursos, generalmente ocupados en redactarle los escritos- y verificar que los "efectivos" realmente buscaban lo que debían dónde debían, sea algo inepta para manejar casos de este tipo. Pero es muy humano lo suyo, nadie nace sabiendo. La próxima vez tendrá más cuidado, supongo, al leer los partes que le mandan con los resultados de las pesquisas.
Por supuesto, también en todo esto hay estúpidos; por lo menos tomados por tales.
Nosotros.