23 diciembre 2009

Dicotomías complementarias, yuxtapuestas o encontradas/I

Mi viejo era un tipo que no se bancaba la soledad. Tampoco la excesiva exposición de su yo interior, sobre todo en grupos de personas más grandes a dos. Si un domingo la familia se reunía alrededor de la pasta asciutta y luego el almuerzo amenazaba con atardecerse, la siesta dominguera cortaba el efecto del vinazi que le soltaba la lengua más de lo prudente.
Por las tardes en las que no había strascinati y la siesta era más breve (un sábado), buscaba desesperadamente qué hacer solo en su cuartucho del fondo. Había entonces que cebarle mate amargo con jugo de limón exprimido in situ, cinco o seis, con el agua sin hervir por tanda y no muy seguidos. O ir a ver, cada tanto, qué hacía y preguntarle un par de boludeces. Si todo el mundo rajaba de casa (yo rajaba casi siempre) se quedaba solo y bastante triste. Al anochecer, cuando volvía mi vieja, lo encontraba con la casa a oscuras, bastante alunado, parco y seco, resentido. Vaya a saber qué demonios se le presentaban en esa soledad. Sin embargo, en muchas oportunidades debió vivir lejos de nosotros, casi siempre por trabajo o por protegernos de las persecuciones de la Dictadura. Supongo que en esos casos la soledad era un precio a pagar, en el otro una huida voluntaria y cobarde de su familia, cuestión que se ve que lo deprimía.
En el trato era parco y seco con los desconocidos, pero cálido y simpático con la gente que conocía después de un rato y, dicen las malas lenguas, era capaz de hacer hablar a las piedras. Estuvo en contacto con gente poderosa a la que nunca acudió por un favor y que lo tenían -supongo que por eso- dentro de su círculo de absoluta confianza. En política, su pasión, era un low profile total, jamás se subió a un escenario por propia voluntad: cierto gobernador -bastante pueril el hombre, pero divertido- aprovechaba su terror escénico para invitarlo a hablar en los actos que se hacían en los poblados perdidos del interior de la provincia, haciéndole pagar caro los discursos que mi viejo le escribía con otros dos lenguaraces.
Era un tipo de uno-a-uno, un gregario de tiempo reducido, un solitario acompañado. De los que prefieren abrazar antes de decir una palabra de afecto, si tienen que decirla. Detestaba a los médicos o estar enfermo. Cocinaba como los dioses, con paciencia de enano, y nada lo llenaba más de satisfacción que preparar sus recetas escogidas (pollo a la cazadora, fideos caseros con pulpetas, entre muchas otras) para muchas personas, cientos si hubiese sido posible. Asador consumado, era capaz de asar una cima rellena durante seis horas mientras hacía un lechón de ochenta kilos durante diez. Aderezaba tan bien sus historias como sus comidas: aún hoy nos resulta difícil saber qué era verdad y qué creatividad propia. Tuvo su berretín musical, la trompeta, pero dejó de joven.
Le reproché durante muchos años no haber podido salirse del patrón de su familia paterna, siendo sobre todo él mismo la principal víctima de esa crianza cerrada, tan italiana, tan descarnada, brutal y posesiva. Por eso discutimos mucho, buscaba en mí la revancha a las veces que tuvo que callarse delante de su padre, del que una vez muerto ya casi nunca más pudo hablar sin emocionarse y -vaya a saber si por eso- del que hablaba muy poco.
Era un melancólico consumado: hasta un momento de felicidad le provocaba una tristeza que se le intuía en los silencios posteriores, vaya a saber si echando de menos otra alegría o recordando algún episodio triste condenadamente atado al actual por su memoria de elefante.
No te asustes, baby, si me ves triste. Son los genes.


I'm causing a mild sensation
With this new occupation
I'm in the news
I'm just getting used to my new exposure
So come into my enclosure
And meet my melancholy blues