16 noviembre 2009

Permiso para odiar/II

Un gobierno valiente, con convicciones serias y firmes acerca de cómo se alcanzan los objetivos gobierna con las leyes, dando el ejemplo. No importa de qué lado del arco político está: el primer legalista debe ser el gobierno. Una muestra de que los últimos gobiernos nunca lo fueron son las dispensas a la Ley de Presupuesto y las leyes de superpoderes.
La Ley de Presupuesto debería ser el hecho político más importante de un gobierno serio, de allí parte la factibilidad de sus actos de Gobierno. No se puede ser más progresista o liberal que desde el mismo Presupuesto Nacional. Atarse a él es el máximo exponente de la credibilidad, de la fuerza de ideales y convicciones. No, por supuesto, salir en cadena con el flequillo o el bigote trémulos por la indignación que les provoca que un tilingo les diga qué no están haciendo.
El "clima destituyente" del que tanto se habla ahora no es más que un espacio dado por baldío por un gobierno que, como hiciera Méndez con otros roles del Estado en su momento y abogando por el liberalismo, deja al libre albedrío cuestiones fundamentales invocando en este caso un progresismo que se detiene rápidamente cuando se trata de cuestiones realmente de fondo. El barniz, la declaración oportuna, el maradonismo, la escasez de reflexión previa y meditada no son precisamente muestras de convicciones, sean éstas de derecha o izquierda.
En este país hay una perversa fábrica de pobres y desesperados desde hace muchas décadas: dóciles que se contenten con tener un trabajo mal pago y aunque deban bancarse cuatro horas diarias de viaje, o como le gustan a D'Elía, que produzca ovejas ideológicamente vacías pero prosaicamente hambrientas y listas para que el "pastor de masas" llegue con ayuda del Ministerio y un colectivo color naranja para partir al próximo copamiento de espacios.

Sí, si. Estoy insoportable.