14 noviembre 2009

No es una nota deportiva, eh.

Ésta es la época de oro de Maradona. Ni siquiera durante la década del ochenta, en donde el Diez brillaba en las canchas y en las fiestas napolitanas, se vive un clima maradoniano como el de estos días.
No, no hablo de las declaraciones del DT de Argentina de hace poco, hablo de otra cosa. Hablo del "maradonismo", la seguridad que los responsables de cierta cuestión tienen de que no importa que cagada se manden, ahí está el Diego para salvarlos.
Empezó, claro, con Bilardo, que se daba el lujo de creerse el mejor DT del mundo pretendiendo ignorar que era Maradona y no él quien ganaba los partidos, a pesar de sus desaguisados. Siete defensores contando al arquero, y algunos más que la devolvieran redonda alcanzaba. Gracias a eso, terminamos creyendo que Brown, Cucciuffo y Batista eran buenos y Passarella caca nene. Y obvio, ganando para Bilardo el privilegio de otra de tantas falsas dicotomías: Bilardo vs. Menotti.
Ahora, en el crepúsculo de su reinado, Grondona hace lo mismo. No importa nada de lo que pasó hasta ahora, que hayan cambiado doscientas veces de sistema de técnicos de la selección: bajo perfil (Pekerman), científico loco (Bielsa), alto perfil (Passarella), laissez faire (Basile), etc., el Viejo siempre supo que al final, cuando nadie se hiciera cargo, Maradona iba a estar ahí, listo para ponerse el buzo y sacarlo del desastre de no poder culpar a ningún otro de lo mal que le va al fútbol argentino.
El maradonismo existe, por supuesto, en otros ámbitos, pero ya no es el propio Maradona el salvador, sino alguna circunstancia extraordinaria que funciona como red de salvataje: los commodities, el cambio alto -o bajo- y/o algún ministro de ojos azules y calva cabeza.

Acá iban largos ejemplos de actualidad política, pero eran tan malos que los dejo para usted, esforzado lector.

Maradonee un poco.