10 noviembre 2009

La mala hierba.

Jamás leí a Marx (a Groucho sí). He leído sobre Karl Marx -que no es lo mismo- e intuyo que mucho de lo que diga a continuación quizá ya haya sido dicho por el alemán, así que si no digo que inventé la rueda, usted no me endilgue el esfuerzo tampoco por querer crearla de nuevo:
Evitémonos la reconstrucción histórica de la lucha de clases -si quiere lo damos por sabido. Todavía nos queda la presión social devenida de la desigualdad económica, educativa y social, algo que parece evidente pero que, en este país donde lo obvio es invisible (ejemplo: la creciente cantidad de gente viviendo en la calle), no es conveniente asumir las cosas a la ligera.
Cuando los ricos se quejan de no poder vivir tranquilos, de pasear en sus bien ganados autos, o disfrutar de la paz y la tranquilidad de sus bien ganadas casas, es decir (si vamos a decirlo, lo digamos bien): cuando los que se llevan la parte del león no disfrutan del cuarto trasero de Bambi, tendrían que mirarse un poco adentro y decir "¡Qué cagada nos mandamos!".
Todo esto que pasa no es culpa más que de ustedes. De nosotros, los que tenemos con mayor o menor esfuerzo un plato diario de comida, los que comprendemos que el valor de la solidaridad es el primero en una sociedad con problemas de hambre, alienación y despojo y, sobre todo, los que menos necesitamos de ella.
Es difícil trazar la línea que une los "deme dos", los viajes a Orlando, la soja RR, la patria dirigente, la que engorda en cuotas del 158 por ciento, la que se hace rica a fuer de estar cerca del poder; pero alguna línea los une con los pibes chorros, el paco y la miseria. Es difícil sentirse culpable de la miseria de Villa Soldati en Puerto Madero, Las Cañitas o Palermo Bobo.
Deben comprender -debemos comprender, me cuesta asumir que yo, que apenas tengo un trabajo mal pago, estoy mejor que muchos- que si no se puede pasear por Placita Serrano un apacible domingo o si una madrugada te encontrás con cuatro mal vivientes con una media en la cabeza adentro de tu casa es porque existe un enorme desbalance entrópico y ahora todos quieren su parte, justa o injusta, merecida o apenas hija de la ambición. La misma parte que ya se llevaron el negrero, el evasor consuetudinario, el tránsfuga, el tratante, el transa, el juez, los abogados, los policías, casi todos los funcionarios, los políticos y los sindicalistas; es decir, todos los que pueden y quieren su parte y que dan cátedra a los que, en los entresijos de ese poder son apenas entrepreneurs que buscan más artesanalmente y a lo bruto lo que aquellos consiguen firmando un papel.
Como Lot, sospecho que hay hombres justos, gente que gana su dinero con el sudor de la frente propia y, con suerte, buen dinero. Lo que no puedo entender es que esa gente crea que lo suyo está separado de ciertas condiciones que lo han favorecido y que, como mínimo, deberían ser más universales y democráticas. No digo que sean nuevos Guevaras, digo que cuando les toque, elijan volver esta sociedad más justa, incluso cuando eso implique pagar más impuestos, abrir nuevas fuentes de trabajo o pagar mejores sueldos.
Lamentablemente, ser rico en la Argentina, con todos los que han medrado libres y siendo vecinos del country de esos justos, es sospechoso. Y pagan justos por pecadores, y los primeros son tan pocos ya que apenas son un daño colateral.
La mala hierba siempre crece, en todos lados, pero sobre todo entre las piedras del egoísmo, la avaricia y la usura.