20 agosto 2009

Tiempo loco, ¿no?.

"El viernes por la noche el cielo era rojo, tronaba, y el sábado, día de la marcha, la ciudad se estremecía bajo las ráfagas de una lluvia torrencial. Hubieran podido nadar tiburones en el aire, pero parecía poco probable que un avión pudiese atravesarla."
Desayuno en Tiffany's, Truman Capote
"La última noche, la última mañana, una fatalidad contra la cual parecía estar suspendida, en un sueño dentro de otro sueño. El amanecer de setiembre azulado de escarcha y niebla, y ella cuchicheando con el frío de la madrugada, y alrededor imágenes inconexas y remotas, y el cuerpo como una máquina, impulsada por piernas que había olvidado."
Pavana, Keith Roberts
"Cruzamos un puente sobre el Siuslaw. En el aire había la bruma necesaria para poder lamer el viento con la lengua y paladear el sabor del océano aún antes de verlo."
Alguien voló sobre el nido del cuco, Ken Kesey

¿Por qué dicen que hablar del tiempo es una charla vacía? Hablar de tiempo es hablar casi de lo único que une a la humanidad: para quienes tienen grandes creencias religiosas o pocas o ninguna -como yo- pero incluso también para el que anda buscando motivos para tenerlas, como el salvaje o el primitivo, es una de las sospechas más firmes de que algo más grande anda por ahí -tan grande como indiferente- al efímero montón de células trémulas que somos y que infectan la roca en la que viven.
El Servicio Meteorológico y la Divina Providencia (o la Suerte, su gemela pagana) apenas si se diferencian más por la pretensión de ciencia de la primera que por sus resultados, tan indistinguibles. Encomendarse a cualquiera de los tres entes es igual de incierto y peligroso (y si se tiene una soirée al aire libre el fin de semana, es suicida). En realidad, ninguno existe, sépalo usted.
Nunca me extrañó, por eso, que mentar el estado del clima fuera el primer intento de dos desconocidos por mantener una conversación; es la única teología de la que se puede hablar sin despertar discusiones acaloradas. En lo personal, si no vamos a darle oxígeno al silencio, prefiero hablar de nubes, putear por el calor y hasta amagar un pronóstico que hacer lo mismo sobre el gobierno, el fútbol (o del gobierno y el fútbol, últimamente) o la inseguridad.
Los escritores, con conciencia o no del carácter religioso del tiempo, lo usan de manera más o menos sutil (los pichones de aprendices somos demasiado bastos, me temo) para acompañar con su manipulación hábil el contexto de determinadas tramas, como me atreví a ejemplificar más arriba. En cierta manera, es como usar al hado para maldisponerlo con el héroe y acentuar la tragedia de tener que llevar adelante una tarea, un amor o una soirée al aire libre.


Sofi llora, el cielo la acompaña y Kobu cobija su pena con un paraguas roto.