24 agosto 2009

País-Cárcel.

Mientras contestaba los comentarios del post anterior me acordé de algo que pensé cuando decidí que el "rock futbolizado" no era para mí, harto por la cantidad de humo que tuve que tragar una noche en que prendieron apenas unas pocas bengalas en un recital de Las Pelotas, y en el que el mismo humo, las banderas y los fisura saltando y cantando sus propias consignas hicieron que no supiera qué estaba pasando exactamente en el escenario y que me preguntara qué carajos hacía yo ahí.
En la treintena recién estrenada, un pendejo hermoso todavía, dejé de ir a recitales porque no los disfrutaba. Para mí el espectáculo estuvo y está en el escenario, me van a disculpar, y los artistas se suben a él para dejar todo, para sufrir si es necesario. Nada de "devoluciones" amistosas del público, el cual debe mantener un escepticismo prudente. "A ver qué hacen estos" debe decirse el buen espectador, nada de ir predispuesto. Y no digo que lo sepa el mismo público, el cual -aplicando la máxima podetiana: "la gente es boluda"- es un boludo bárbaro. El primero que tiene que asumirlo es el artista mismo. El que se sube a un escenario a que lo aplaudan por cualquier boludez es un cararrota.

Recuerdo que un par de meses antes de la fatídica medianoche del 30 de diciembre del 2004, un viaje me trajo a Capital Federal y un amigo me propuso hacer una escapada a un recital del que tenía entradas, que le había comprado a una minitah rolinga: Ca$hejeros.
Por ese tiempo, un tema suyo sonaba insistentemente en las radios (con una especie de refrito del refrito del "Himno a la alegría" que tocaba Stuka en "Ultraviolento"), una ñoñez que intentaba ser tan rockera como las canciones con "ritmo rock" de los programas para chicos y que desde la letra (una realidad de todas las bandas rolingas) apenas si era una bobada autorreferencial típica que más o menos podría resumirse en:

somos los copados,
incomprendidos somos,
nos cabe el rocanrol,
la birra y el faso,
no puedo explicarlo,
es un sentimiento
La monada disfruta esas pavadas en los recitales, con las minitahs rolingas subidas a hombros, cantando y haciendo hincapié en "incomprendidos somos" con cara de llorar, para después sonreír con "nos cabe el rocanrol, la birra y el faso" y terminar con revoleo de trapos y suelta de bengalas en el último verso (brazos alzados hacia el Cielo Razzo).

Dije "no, gracias; antes de encerrarme en un baño con cientos de descerebrados piromaníacos prefiero sentarme en un banco de la plaza a ver cómo crece el pasto". Lo del "baño" viene a que días antes habíamos estado hablando de que Cemento, el Cemento del mismo Chabán condenado recientemente, era un baño comparado con lo que se decía que iba a ser su nuevo mega emprendimiento -República Cromañón- su nuevo esfuerzo por caretizar aún más al rock.
Cemento tenia tanta mala fama que los nuevos fans (pibes apenas en el secundario) no obtenían el permiso paterno para ir a dejar sus billetes ahí, los punks y heavies que copaban el lugar eran todos secos y eran profesionales del bardo. Los vecinos habían jodido tanto llamando a los noticieros que ya era públicamente mala palabra. Quienes lo conocimos en sus días dorados (y a Halley, la "Escuela" y tantos otros antros peores) jamás temimos incendiarnos, sólo terminar con algunos dientes menos en un pogo, sin la billetera en una cheteada o en un camión celular cuando los ratis estaban aburridos e iban para Montserrat a "cazar". No es que fuéramos chicos sanos, reviente hubo siempre.
Notable, cuando más careta se puso el reviente, cuando menos importaba lo que pasaba arriba del escenario, empezó el temita de la pirotecnia, los trapos, las "familias", la misa y toda la poronga que terminó en Cromañón. Algunos lo sabíamos; incluso Chabán lo sabía, él mismo paró un par de veces algunos recitales porque la cosa se estaba pasando de marrón oscuro. Su culpa, más allá de si el lugar debía ser o no ignífugo, es que su codicia era tanta que nunca le dijo que no a nada. Chabán siempre se pensó como una especie de mago que hacía dinero manejando descerebrados. Porque, repito, más allá de Chabán y todo lo necesario para la tragedia, la primer cosa que NUNCA TUVO QUE HABER OCURRIDO fue que los descerebrados creyeran que la fiesta tenía que estar debajo del escenario y que la medida del éxito de una banda fuera la fiesta que provocaban los descerebrados que no tenían los huevos ni el talento para subirse a un escenario (aunque visto la real porquería que son muchas de estas banditas, algunos tuvieron sólo los huevos).
La mierda sigue, claro que sigue. Así como Argentina es un país-cárcel desde que los militares están afuera, lo mismo pasa con todos los que zafaron con este juicio y merecen hacerse cargo de sus responsabilidades. Ni olvido ni perdón.

Y vos que te hacés el pelotudo, que disfrutabas de las bengalas, las candelas, los tres tiros y la concha de tu hermana tirándose pedos, dejá de hacerte el gil. Vos.

Sí, vos.