20 agosto 2009

Otro post que termina mal.

Desde que inventamos nuestras primeras herramientas -como palancas rudimentarias y cuchillos de sílex- la tecnología pasó a ser más interesante por cómo cambió la relación entre nosotros los seres humanos que por cómo mejoró nuestras vidas (Ver Revolución Industrial). Claro, los antibióticos son importantes, pero no veo a nadie haciéndose collares con tapitas de Bactrim. Así que ya sabe, fatigado lector: la cosa va para el lado de los tomates, como no puede ser de otra manera en este blog.

Recuerdo que Dolina dijo que tal vez lo que asombraría más a un hombre del siglo XVIII no es tanto la transportación de imágenes a distancia cuando se le mostrara cierto tipo de reportaje por televisión sino la simulación intermitente de que nadie más está viendo esa conversación.
El hombre y el objeto-herramienta (y su uso) generan una relación que va más allá de la utilidad del segundo o de la necesidad del primero. Una relación de poder que no está muy lejos del salvaje que se colgaba los dientes del tigre que pretendía cazar (en este caso, me parece más justificable, pero dejémoslo así), los símbolos masones o, yendo al extremo, la inscripción de pertenencia a ciertas universidades estadounidenses (la versión indie) o en los buzos de algunos pusilánimes que no se animan a vestirse sin convertirse en un aviso con patas.
Por ejemplo, tanto Lacanna como Podeti consideran ciertas herramientas como prueba irrefutable del carácter masculino del que parecen adolecer a primera vista, pero eso es porque ellos son gente que piensa y que trabaja detrás de escritorios haciendo montañas de dinero con la masa gris de sus cerebros privilegiados (que tengan las manitas como de princesita no tiene nada que ver, muchachos).
En similar sentido, el hombre moderno (ninguno de los antes mentados son "hombres modernos" en el estricto sentido de la palabra, porque son públicas sus protestas ante la tilinguería geek) no sólo usa su teléfono para comunicar algo importante que no puede esperar a hacer en persona, sino que muchísimo más a menudo usa dicho artefacto para comunicar las pavadas más vacuas e irrelevantes y de la forma más imbécil posible; por no hablar de elegir los momentos más peligrosos e incómodos para hacerlo. Estoy seguro que si Alexander Bell, Thomas Edison, Marconi y Hertz fueran testigos de las idioteces que se hacen y se dicen solamente porque existe un aparato como el celular no dudarían un segundo en enterrar sus descubrimientos bajo una montaña y suicidarse sin dar mayores explicaciones.
Pasa lo mismo con los autos, las carteras, los zapatos, la ropa y todo lo demás. No, si los seres humanos somos unos idiotas sin remedio. Sí, incluso vos que la vas de despojada hippie por el Abasto con tu pollera reciclada, tu saquito retro y la boina del abuelo. Tus objetos intentan comunicar algo que desesperadamente necesitás que los demás sepan y que, obviamente, no sería tan elocuente si te vistieras de trajecito oficinesco. O vos, rebelde adolescente que no salís a verte con tus amigos sin ponerte la remera de los descerebrados de turno u otros descerebrados fuera de línea.

Y ya que llegamos acá -a los objetos, los descerebrados y el uso que éstos les dan a las cosas- aprovecho para darle (a usted, lector) un baño de prepo de realidad y para ganar (todavía más) amigos: sí hay algo que no es lo que parece, eso es el Rock.

Entonces, puestos los precedentes, vuelvo a decir algo que dije hace mucho y que sigo sosteniendo: agarrá a un grupo humano cualquiera de descerebrados (no hace falta que sean muy barderos, sólo que les guste un poquito el descontrol), encerralos en un lugar relativamente seguro del que no puedan salir por un tiempo, y ponele adentro las cosas que les gustan a montones: un equipo de música con los cds de su gusto, alcohol, drogas -todo lo que te pidan- y dales rienda suelta. Andá llamando las ambulancias, que tal vez algo pase y hagan falta.

Ahora, imaginate todo eso con supuestos artistas enfermos de codicia y egocéntricos, jueces sospechosamente injustos, empresarios avaros, funcionarios públicos corruptos por todo y por todos -y descerebrados particularmente enfermitos del bardo.

¿Te extraña lo que pasó en Cromañón? ¿Vos creés que era imposible que este grupo de pendejos, que hacían del fervor incendiario una muestra de fanatismo, necesitaban de un Chabán y de un Ibarra para inmolarse en una pira que si no ardió antes fue por pura suerte? ¿Vos, padre que ayer te indignabas, no sabías que tu hijo disfrutaba del bardo activa o pasivamente? Claro, vos creías que Chabán, experimentado en el rubro, iba a hacerles un pelotero ignífugo o que Ibarra "el Progre" se iba a preocupar porque todo estuviera en orden. Supongamos que estos dos hijos de puta hubiesen hecho su trabajo a conciencia. Supongamos que no se morían 194 pibes, ¿quién quiere ser el padre de una única víctima asfixiada? Nadie habla de eso. Es fácil ponerse en víctima con un micrófono delante. Miralo a Chabán.
¿Te extraña que todos la hayan sacado relativamente barata, excepto unos cuantos chivos expiatorios que de todas maneras se tenían que comer eso y mucho más?
Para los padres que no les fue suficiente el fallo de ayer, una condena dura y pareja para todos los que participaron en la masacre los deja con la idea de que su propia responsabilidad no es tan grande. Y, Dios lo quiera (porque a la hora de esperar castigos uno se pone místico) todos los culpables reciban, en instancias superiores, el merecido castigo. Sin embargo, aún si esto ocurriera, seguiré pensando que algunos padres de las víctimas de Cromañón sabrán que sus propias culpas (ellos sabrán cuáles son, pero no son difíciles de intuir) que no pueden ser llevadas ante un tribunal y tampoco exculpadas, también quedan impunes.

Para terminar y dirigido a los fanáticos de Cashejeros: no fue El Rock lo que convocó ayer a los descerebrados que festejaban el fallo del tribunal que dejaba sin culpa por el "beneficio de la duda" a los Cashejeros, fue otra cosa que tiene que ver con la estupidez que los une a imbéciles como Fontanet como limaduras de hierro a un imán. La misma que tuvieron siempre y que tiene tanto que ver con el reviente careta que existió hasta Cromañón. Que Cashejeros salieran sin culpa los exculpa a ellos también, tanto al forzoso anónimo culpable (porque nadie lo busca y nadie lo va a delatar) que inició el incendio, como a los cretinos de la banda que pasaban la pirotecnia como agradecimiento a la hora de pegar afiches, vender entradas o similares favores, como a los descerebrados que deliraban (y pagaban su entrada) cuando un galpón atestado como Cromañón se volvía una invitación a la asfixia y al incendio. Que Cashejeros tocaran "ritmo de rock" sólo les servía para diferenciarlos de los villeros cabeza que escuchan cumbia y toman tetra. El rock de Cashejeros no es Rock, es el menosprecio a los "negros de mierda" de cierto lumpenaje que mira con el mismo desprecio con el que son mirados. No es rebeldía con los poderosos, es un símbolo de pertenencia.
Porque, gracias a Cashejeros y mientras estén libres para seguir tocando, El Rock es una mierda y ustedes, los que se llaman a si mismos "sobrevivientes de Cromañón" y visten todavía una remera de Cashejeros son la peor mierda de todas. Ojalá les salgan hijos como ustedes.