10 julio 2009

Todo llega.

Siempre atesoré la esperanza de encontrármelo: un día mi némesis iba a aparecerse frente a mí para rendir cuentas por todos los días en que su cháchara me despertaba de culo, haciéndome odiar la profesión que lo cobija como a un talibán en Massachussetts, sin más pretexto para ese odio que su sola verba enredada y caradura. Imaginaba las posibles ocasiones no presentadas todavía que eran revividas una y otra vez en mi memoria, como un refucilo del pasado que podía ser rehecho y reconstruido a placer, según su último furcio, su más reciente frase inconexa o llena de verbos que ni Manolito se animaría a conjugar juntos.

Imaginaba escenarios con público, sin público. Enfrente de una cámara de televisión. Hasta he sido lo suficientemente humilde en mi insignificancia mediática para sostener la posibilidad de un cruce vía email.

Pero no. Hoy me crucé con Marcelo Bonelli en la calle y no le dije nada.