27 julio 2009

Rubro 24 bis

En el palier desnudo el Aspirante retorció sus manos con gesto ausente. Con un blanqueo de ojos contuvo la acción y dejó caer los brazos al costado del cuerpo, como un títere al que le cortaron las piolas. Es que, repasando todas las cosas que tenía que tener presentes para que la Entrevista no saliera mal, los nervios se le transpiraban desde el subconsciente al calor de sus muchas inseguridades; nada debía salir mal y, sin embargo, cualquier cosa podía salir mal, maldito Entrevistador.
Había tocado timbre unos momentos después de la duda de rigor, cuando nunca sabía si iba a correr el riesgo o a la calle. Para envalentonarse había hiperventilado y tomado aire suficiente como para cruzar el Atlántico nadando bajo el agua.
Del otro lado de la puerta le habían soltado un lacónico "un momento". Quince minutos tuvo para cumplir el impulso de rajar, el mismo impulso que lo había acompañado todo el día y que a medida que las entrevistas se sucedían se volvía más y más fuerte. Simple: estaba en manos del Entrevistador, su pobre economía dependía de él y no podía darse el lujo de echarlo a perder de la peor manera posible: negándose él mismo lo que tal vez no le negara el Entrevistador.
El movimiento de apertura de la puerta desencadenó el de sus tripas, que se revolvieron hasta quedar al borde mismo de la catástrofe. Tragó amargo y sonrió con gesto idiota, mientras un tipo blanco como el papel salía cabizbajo. El Entrevistador lo seguía con gesto adusto, pero se detuvo un paso atrás del dintel y le dedicó una mirada penetrante.
"Usted viene por el aviso", afirmó el Entrevistador. Parecía ofendido.
"Ehhh... sí, vine por el aviso, señor. Si está ocupado puedo esperar, atienda".
"No, pase, hombre. Me dejé llevar por su ropa, pero ya veremos".
"G... gracias", sonrió todo rojo el Aspirante.
El Entrevistador era una persona de lo más corriente, lo que le resultaba todavía más insultante. Un oficinista, un bancario o un burócrata.
Con un gesto señaló una silla alejada unos dos metros de una mesa algo destartalada. El lugar olía a tabaco rancio, a queso fuerte y a orín de gato y le costó la transición a la densa atmósfera. La calle parecía un paraíso cada vez más atractivo.
El Entrevistador se sentó a la mesa y ordenó unos papeles en total silencio, la habitación parecía un recinto anecoico. El Aspirante sintió que se ahogaba, no se atrevía a respirar para no llamar la atención, pero tampoco quería ahogarse en el hedor de ese cubil. Recuperó de a poco el aliento con un esfuerzo considerable, aunque por fuera parecía estar sólo expectante.
Se acabó su discreción respiratoria cuando dio un perceptible respingo, que hizo levantar la vista un segundo al Entrevistador, al casi caerse de la silla. Se había sentado en una postura forzada, casi ridícula, apoyando las nalgas demasiado cerca de la punta de la silla y cruzando las piernas por debajo, con la espalda recta. A medida que relajaba sus pulmones, su espalda buscó el respaldo de la silla, que le había quedado peligrosamente lejos entre vahído en vahído.
"Nombre", preguntó con otra afirmación el Entrevistador.
"Lu... Luis José Aguirre Peralta, señor".
El Entrevistador buscó en una pila de papeles lo que debía ser su Informe Comercial. Lo leyó tomándolo por esquinas opuestas, como quien lee un bando real.
"Ajam, Luis José Aguirre Peralta, 48 años, divorciado, dos hijos. Vive solo...."
Le costó entender que la última fue una pregunta.
"S...sí, vivo solo. Los chicos vienen algunas veces de vacaciones", dijo con un hilo de voz. Carraspeó.
Como si no lo hubiese registrado, el Entrevistador siguió leyendo monocorde:
"Veintidós años girando en plaza, tres cuentas bancarias, una cuarta cerrada", lo miró al decirlo, "un vehículo nacional de dos años, una casa en la que vive su esposa, un dos ambientes en Colegiales, ajam... Sacó un préstamo hace seis meses que está pagando con algunos atrasos, las tarjetas están sobrecargadas, y acá está lo importante, tiene dos juicios pendientes. Dígame qué paso acá", lo dijo inclinando la cabeza ostensiblemente, otorgándole una atención exagerada que no hizo más que incomodar al Aspirante, si eso era posible..
"Mjjhnnn... T... tengo dos juicios, sí. P... pienso pagar yo todo, fue un error y le pedí a los abogados que les den la razón...", el Aspirante miró al piso y al Entrevistador alternativamente. Suspiró y tomó valor. "Pero no fue mi culpa, eh. Yo no empecé, ellos hicieron todo lo posible por terminar la relación laboral de mala manera. Yo les pedí que entendieran, yo tenía voluntad, que tuvieran paciencia pero no, se dejaron llenar la cabeza, vio cómo es..."
"Sí, sé cómo es", el Entrevistador cambió el ángulo de la cabeza, "yo he ido a juicio por mucho menos. Soy muy exigente". Hizo un pausa. "¡Mil doscientos de sueldo!, usted no tiene vergüenza. Y todavía se queja", levantó un poco la voz.
El Aspirante quedó anegado en el medio de una miasma de malos presagios. La cosa no iba bien y se lo dejaron claro:
"Esto no me gusta nada, le voy a ser sincero, para qué perder el tiempo", el Entrevistador soltó los papeles sobre la mesa y se quedó mirando al Aspirante.
Éste sabía que no habría otra oportunidad de redención y se lanzó al martirio:
"Déme una oportunidad, por favor. Uno tiene que tener la oportunidad de salir adelante, no por un traspié yo ahora tengo que terminar con todo. En este país no se puede progresar, nadie te regala nada y yo hago lo que puedo. Todo lo que hice lo hice trabajando, a mí nadie me regaló nada...", repitió. Totalmente innecesario.
El Entrevistador se puso de pie, dando por finalizada la Entrevista. Alguien tocó el timbre al mismo tiempo, como acatando una coreografía perfectamente sincronizada.
"Un momento", dijo el Entrevistador apuntando a la puerta.
"Le voy a decir una sola cosa: a su edad usted no puede pretender más de lo que le da el cuero. Toda la experiencia que tiene no sirve de nada para mí. Se va a quedar solo como un hongo, y ahí lo quiero ver: un hombre solo no llega a ninguna parte. Se va a comer el departamento y el auto en menos de dos años, sépalo. A mí no me interesa, pero siga buscando que quizá algún desesperado le dé la oportunidad que necesita. Eso es todo, adiós."
El siguiente Aspirante estaba en la puerta. Era joven y parecía exitoso. Exhalaba optimismo ahí donde él había transpirado su temor.
"Viene por el aviso", afirmó el Entrevistador. Hubo un ligero cambio en el tono, como aliviado.
La repentina falta de atención que le dedicaban lo acompañó hasta el ascensor, como una mano firme en su espalda.

Hoy había rebotado media docena de veces. Era un comerciante como cualquier otro, pagaba lo que podía y sí, le habían hecho dos juicios, uno por no depositar los aportes previsionales a tiempo y otro porque le había dicho "sos una inútil" a una empleada que siempre rompía cosas. Era injusto. Ahora todos le salían con lo mismo: que estaba viejo y que no era confiable. Lo habían dado vuelta como un guante: le habían hecho ver unas manchas de colores, se habían atrevido a preguntarle si tenía amante, si jugaba, si tomaba. Por no mencionar que tenía que llevar una Declaración Jurada de Ganancias certificada.

Puta madre, ¿dónde iba a encontrar un maldito empleado?