30 julio 2009

Apoteosis

Desde hace unos años en el fútbol se viene dando el "efecto Brujita Verón". Los jugadores de alta competencia no son ya ni siquiera profesionales -ni hablar de deportistas- son figuras. Tienen "miedo escénico", peleas de camarin... ehh... vestuario, se casan con vedettes y todas esas cosas que hace la gente que aparece en las revistas.
El efecto es fogoneado, ciertamente, por algunos personajes -que se hacen llamar periodistas- que viven desde su wannabismo la sensación de pertenecer a mundos que nunca los tendrán como protagonistas.
No, no hablo de la prensa del corazón. Hablo de los periodistas deportivos.

Funcionan como una caja de resonancia, imitando los atributos externos de cierto nivel promedio de futbolista, más o menos entre un Tévez disfrazado de rapper y un Valdano recitando poemas.
Con sólo ver los programas en los que se esfuerzan, casi siempre en el cable (o como panelistas en la TV abierta) se puede percibir la atmósfera hiper metrosexual machista homofóbica que los moldea a todos, la misma tensión que se vive en cualquier vestuario y que vive todo lo no testosteronoico como objeto de mofa y desprecio.

Imaginemos un poco a uno de estos muchachos, el "periodista" deportivo típico: recibido de una de las muchas laxas academias de periodismo deportivo, desnudo de todo oficio y con un sueldo de maestro miseria, rodeado de repente de una troupe completa de piojos resucitados con auto importado, mujeres fáciles y vestuario de alta gama, que mientras no tienen un micrófono a casete delante de la trucha se la pasan relojeando qué tiene el otro, a quién se fifó, cuál fue la última pilchita que se compró o qué lindo que lindo perezlindo cómo te queda el peinado con claritos, despuntado y mucho a mover esas cabezas.
Después llevalos a un programa en una cadena de deportes donde, canje mediante, se pueden poner buena pilcha y desbordar toda la testosterona que absorbieron mientras sudaban con el vapor de las duchas.
Tan lejos, tan lejos de aquellos periodistas deportivos de los que quedan tan pocos que ni quiero hacer una lista, aunque sí quisiera mencionar a uno: Alejandro Apo.

Eso, aguante Alejandro Apo.