09 junio 2009

Quién escribe sobre quién.

Cinco y cuarto de la tarde. Dentro de menos de una hora se iniciará la loca carrera hacia el hogar de miles de porteños, el pie gigante de las seis de la tarde que espanta a las ratas en una carrera radial hacia la tibia madriguera.
Subo al 26, casi un transporte público del primer mundo a esta hora: unidad nueva, limpia, colectivero uniformado y aparentemente tranquilo. Como es un viaje corto viajo en el centro, en el lugar para discapacitados que se ha convertido en el verdadero éxito de estas unidades cuando llega la hora de mutarnos en ganado vacuno. Yo voy escuchando el MP3 y absorto en mis inútiles cavilaciones.

Atento a mi entorno lo justo y necesario, paso rápida revista. A mi izquierda, en los asientos que miran hacia la parte de atrás del vehículo (justo arriba de las ruedas delanteras) se encuentran sentadas casi en corro cinco mujeres bastante entradas en años, muy arregladas y cada una de ellas enfundada en un abrigo de piel (que huelen como huelen las pieles: espantoso). Su actitud es expentante, y miran hacia la parte trasera como si algo les hubiese llamado la atención. Un director de orquesta o un tipo mostrando el pito, podría decirse.

Algo del entorno auditivo del colectivo me hizo fruncir el ceño: soy un buzo que emerge de prepo en el medio de un temporal, abandonando la calma de las honduras (por lo tercas y extáticas, no por su peso intelectual, digámoslo ya mismo) para dar de frente contra un mamotreto auditivo que destaca sobre el confortable rumor del oleaje sordo que suele inundar los transportes públicos: una voz en off trepida, alborota, acapara mi atención aunque parece estar totalmente fuera de mi campo visual. Ya me acomodé mirando hacia la puerta del medio y mi sociopatía dice que no debo obsequiar facilmente con una atención demasiado evidente a los desconocidos que la atraen. Sin embargo, visión periférica mediante, capté que la persona que grazna es una mujer levemente madura y bastante rubia (no la miré directamente en ningún momento) que a mi derecha -en la primer línea de asientos que miran hacia adelande después de la puerta del medio- les venía hablando a las veteranas de mi izquierda:

-No, si yo cuando las vi me di cuenta. ¡Qué lindas son! -dijo la graznadora, voz en cuello -Tan arregladas...
-Sí, es que vamos a festejarle los 85 años a ella -comunicó una de las arropadas viejales, señalando con el mentón a una de las ellas, aunque yo no pude descubrir cuál porque ninguna parecía de tan vieja.
-¡Pero qué pitucas, me encantan!
Era como si se dispararan un niño con un revólver de cebitas en una montaña y el Cañón Gustav en otra.
-Gracias -dijo otra abuela.
-No, ¡de verdad! Son hermosas, ojalá yo tenga la voluntad... -dejó inacabada la frase, en el borde mismo del elogio-insulto: "...la voluntad al llegar a esa edad".
-Nos arreglamos porque así debe hacerse -dijo una vejestorio rubia tamaño ultra small, los ojos intentando traspasar al energúmeno con pinta de mal venido que le obstruía la visión, paradigma inverso de lo que trajo a colación la charla.
El energúmeno era yo.
- Ay, sí, querida. Yo lo sé muy bien porque soy "asesora de imagen". Soy Asesora de Imagen -repitió con un cambio en la modulación, como quien presenta una credencial a todos los que estabamos ahí. Por lo menos bajó varios decibeles al hacerlo, dándonos un respiro.

Acá debo decir algo: estamos en el "bright side" de los viajes por el microcentro, debido a la hora y, también, a lo coqueto del ómnibus. Después de las seis, en una línea más tercermundista como la 140, te quiero ver desplegando glamour geronte entre sacudones, apretujadas, frenadas y empujones. Y con boludos que simulan dormir para no cederles el asiento a las viejas pitucas pero que al igual que todas tienen las piernas cansadas.

- ¡Mire usted! -dijo la pequeña anciana coqueta, mientras algunas de sus compañeras sueltan agudas risitas de vanidad.
- ¡Me encantan, me encantan, les juro que me encantan! -nos vuelve a tronar la asesora de imagen, cada vez más vehementemente. Saqué el Mp3 para ver si no tenía algún plus por ahí de volumen que empardara por lo menos a la cacatúa. No hubo suerte, estaba al palo.

A esta altura, la borrosa imagen rubia de mi derech cabeceaba en derredor buscando algunos gestos solidarios a su entusiasmo entre el resto del escaso pasaje. Gracias a Eru, nadie hizo más que mirarse con disimulada desesperación y vergüenza ajena.

Por unos cien metros a toda velocidad por Córdoba (perdón por usar una imagen dinámica para representar otra temporal) la propaladora pareció entrar en un arresto de timidez debido a la falta de corresponsales. Suspiré mientras Human Sexual Response volvía a recuperar mi atención en los auriculares justo cuando se terminaba una canción, así que por desgracia alcancé a escuchar que la veterana small hacía un comentario:

- ¡Seguro que ahora va escribir sobre esto!
-¡Y seguramente! ¿Cómo sabe? -dijo el parlante humano, recuperando la confianza -Tiene razón ¿sabe?. Yo escribo, soy escritora -empezó a hacer un gesto de asentimiento como si fuese un pequeño secreto admitido y temiendo pecar de vanidad. Luego bajó el tono de voz (la octava, más bien) y dijo como quien asume un destino -Soy Escritora. Sí, yo escribo, me declaro culpable. Seguramente voy a escribir sobre esto, es muy probable. ¡Sí, la verdad, quién sabe! ¡Tal vez lo escriba!

La cosa seguía pero por suerte me tocó bajarme. En la calle, me vuelve a ganar Human Sexual Response y Cool Jerk, qué casualidad:

We know a cat who can really do the cool jerk
This cat they're talking about
I wonder who could it be
'Cause I know I'm the heaviest cat
The heaviest cat you ever did see