18 junio 2009

Peña.

Como la blogósfera estalló en adioses a Fernando Peña, yo hago economía de comentarios en todos los blogs y dejo acá mí obituario.

Si por algún lado existe una raya que divide el mundo en dos, siento que Peña y yo estábamos del mismo lado. Nunca estaba demasiado lejos de mí. Por eso siempre le prestaba atención. Su frontalidad y su falta de autocompasión eran lo que más admiraba de él, si algo admiraba. 
Sin embargo, como artista nunca lo disfruté. Ojo, no quiero decir que no tuviera valor como tal. Sé muy bien que su trabajo no era cosa fácil y que no se necesita de mi pobre juicio artístico para hacer una valoración. 
Nunca lo escuché demasiado (quizá cuando estaba a la noche, nunca por la mañana) y nunca fui a verlo al teatro -porque en general no voy al teatro, pero tampoco hubiera sido una opción prioritaria. Y no tuve ningún interés por leer su libro porque creí que un tipo como él tenía cosas mucho más interesantes que decir que contarnos sus peripecias como Comisario de a bordo. Hasta sentí un poco de vergüenza ajena cuando vi la tapa del libro.

Lo cierto es que Peña estaba sentenciado a muerte, por más que nos vendiera que tenía un salvoconducto. Se había autosentenciado hacía mucho -como Juan Castro- y se le notaba. Algo en él no cuajaba, algo que no salía del todo a la superficie pero que estaba ahí, subyacente, y que en cuanto se ponía de manifiesto era sofocado violentamente. A veces, muchas, con ese humor tan de él. En general, pasivo-agresivo, pero muchas activo, porque era inteligente y sabía anticipar los golpes.

El único sentimiento que tengo, retomando, es el de perder a un tipo que todavía no había podido conmutarse la pena de muerte para asumir que ya no necesitaba ser el monstruo que creó para que lo dejaran en paz. Poder ser un bicho y no tener que optar por esconderse en las oquedades del piso o zumbarle a todo el mundo en los oídos.