05 mayo 2009

Raíces ajenas

Creo haber dejado claro en estas páginas, hace algún tiempo, que no tengo un gusto demasiado apegado por el folklore. Pero eso no significa que no me guste en absoluto, lo que pasa es que como con todo no puedo congeniar con los fanáticos que creen que cualquier cosa que les guste a ellos es obligación tenerla en alto valor. Como pasa con los fanáticos del animé y del manga o de las películas antiguas o del peronismo, ponele, terminás oponiéndote a todo por diferenciarte de semejantes paparulos. Y no es que lo sean por sus gustos, mirá, sino porque son insistidores.

En mi casa había mucha música, menos folklore. Tango, rock, clásico, melódico, todo menos The Beatles y folklore; hasta cumbias de Los Wawancó y canzonettas napolitanas de Beniamino Gigli. 
Cuando mi fugaz profesor de guitarra comenzó a bombarderme con zambas, cuecas y tonadas para ejercitarme no entendía mi total ignorancia de lo que para él era tan común como el olor a pata en el Urquiza a las siete de la tarde. Yo no cazaba un fulbo, literalmente. Salvo el tachitatachí de la zamba que había pescado por ósmosis, mi sentido del ritmo telúrico era (y es) más irregular que el trotar de un rengo con ampollas en los pies.

Gracias a Eru, la buena música no respeta a los idiotas. No se atiene a los fanatismos, quiero decir. Con el tiempo suficiente, cualquier género -aún los muy populares y pedorros, como el rock- que cuente con músicos que amen lo que hacen terminará trascendiendo la resistencia que provoca en el resto de los no-oyentes. Esa es la magia de la música, me animo a decir. Así como no existe una canción realmente mala (lo que hay son malos intérpretes que hacen malas versiones), la música trasciende al género y también al pejerto que tiene una piecita de dos por dos en el mate.

Bueno, basta de cháchara. Vamos a hablar de algunos folkloristas (seamos sinceros, casi todos fuera de la escena en este momento) que son bien recibidos por este blogger eventual: el Dúo Salteño y Jorge Cafrune, infaltables en mi discoteca. Yamila Cafrune, por portación de apellido. Y muchos otros, sobre todo los grupos de música andina como Los Laikas, Markama y, por supuesto, Quilapayún y Los Jaivas. 
A pesar de que me gustan mucho los dúos y tríos de los sesenta como Los Trovadores (soy un convencido de que Damián Sánchez es un genio) intentos serios por amigarme con Los Olimareños no me acercaron demasiado, sobre todo por lo insistentes que resultabas los zurdellis que no escuchaban otra cosa (aunque me gustan bastante, pero no se los voy a reconocer de puro contrera). 

Obviamente, junto con Atahualpa, Zitarrosa es una voz obligada en todo esto; admiro a ambos tanto como admiro al viejo Larralde y al Cuchi. Hace unos años fui a ver a Raúl Carnota, un privilegio que pocos más entendieron así, porque no había casi nadie. 
Alberto Merlo y Suma Paz, por no olvidarme de ellos justo ahora que se me olvidan otros.
Los Tucu Tucu eran el único conjunto folclórico tradicional que me llamaba la atención. Los conocí personalmente, gente muy cálida y conectada con la juventud (con la mía de entonces, por lo menos). Lamenté mucho su desgracia reciente. 
Te puedo escuchar un poco a los Coplanacu, Peteco y al Chango, pero no exageremos.
Y hasta me gustan algunos poetas folclóricos: vi varias veces a Armando Tejada Gómez, recitando sus poemas ya muy viejo y el "Tono" Esteban Agüero me llega a las tripas, su locura está más allá del tiempo, del espacio y de mi aversión a la poesía.

Al final, conozco mucho folclore, viste. He visitado peñas de todos los calibres, tengo amigos que pueden tocar horas y horas todo el repertorio desde Antonio Tormo hasta bien entrados los ochentas, en el siglo pasado (¡quién lo diría!). A ellos, a mis amigos, no les molesta que me guste ese folklore, más bien me respetan un poco más por eso.

Eso. Mil perdones. Sigan con sus cosas.


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Digo la Mazamorra, por Antonio Esteban Agüero