16 mayo 2009

Onda corta.

Grabación de magazine televisivo en cafetería top de Puerto Madero. Dos o tres personas trajinan con cables y luces. Un par de productores -uno en realidad es el traecafé del otro- brifean con el personal brevemente. El que está bebiendo del tremendo vaso de papel con café y tiene casi treinta años, lleva la voz cantante.
Al cámara:
   -Vos, mové la cámara con algún patrón repetitivo, que parezca cool, sino la próxima vez traigo a alguien con Parkinson y listo.
   -Dale.
Al script:
   -Prestá atención a la continuidad de los diálogos, porque vamos a editar todo, incluso lo que salga bien. No voy a estar acá doce horas haciendo el piso del programa. Grabate el audio para verificar desde donde seguimos si hay un error y completá la planilla de planos para que el editor no me putee.
   -Dale
En un rincón, una pequeña muchedumbre de cuatro o cinco personas revolotea como moscas nerviosas alrededor de dos (personas, no moscas) más estáticas, sentadas en taburetes y separadas por una mesa alta que sostiene unos platitos con sushi, champán y algunos bocaditos de tofu para apagar el wasabe. Son la figura entrevistada y el conductor. 
Levantando la voz, el productor con café le dice al sin café:
   -Decile a make up que se apure.
   -Dale
El productor sin café camina los seis metros que lo separan del otro grupo y revolea los ojos hacia el productor con café, que no lo ve:
   -Vamos, chicos, que nos come el león. 
Cesa la actividad y el grupo de moscas se retira a fumar afuera mientras miran con codicia los aros de negros contornos desde la vidriera.
   -Ojalá dejen algo, estos hijos de puta. (La coma es absolutamente necesaria, estimado lector, sépalo).

El productor con café deposita el susodicho en la barra con estudiado y ostensible movimiento y sonríe a la figura invitada, mientras abre sus brazos en un gesto de paternal afecto.
   -¡Pipi, qué lindo que viniste! ¿Te tratan bien?
Sin dejar responder al invitado, el productor que recién tomaba café le pregunta al productor sin café que nunca tuvo un café, aunque por el tono de reproche se puede adivinar que siempre supo la respuesta:
   -¿No le habrás mandado un taxi cualquiera, no?

El productor sin café que no tuvo nunca un café en la mano mira con gesto culpable al invitado y al productor con café que dejó el café. Se encoge de hombros, harto de que le hagan el mismo circo delante de todos los invitados, pero resignado. El productor con café vuelve a tomar el café, haciendo un pausa antes de beber para decir:
   -Perdoná, estos pibes nuevos no respetan a nadie -lo dice con el mismo tono que las señoras gordas de Barrio Norte se quejan del servicio.
   -No hay problema -dice la figura -el taxista fue divino, me esperó como una hora abajo.
La repentina imagen del reloj del taxista corriendo durante una hora hizo que el productor con café se sobresaltara y casi escupiera el capuccino en la cara del entrevistado.
   -Ah, buenísimo -dijo inexpresivamente el productor con café mientras miraba con cara de cemento al productor descafeinado, que se quedó congelado al sentir los ojos encima.

   -¿Lo viste a Pepe en Inmundicia? ¡Qué tarado!
La charla se vuelve una mención apurada de otras figuras que el invitado detesta o ama, aunque el productor con café sólo las conozca de nombre (y apenas se sepa los chimentos por los blogs que lee en la productora). La diferencia entre un productor con cafe y uno sin café es saber interpretar este exacto papel, el de conectado. Con iPhone y Blackberry, por supuesto.

Mientras tanto, el entrevistador, también figura -pero empleado de la casa al fin y al cabo- sufre la familiaridad distante del productor con café (que en este momento está haciendo su trabajo), y es ignorado olímpicamente. La proximidad y el trato cotidiano deslucen.
   -Dame un minuto -dice el productor con café a la figura invitada.
   -Dale.
Levanta el volumen de la voz, pero no se dirige a nadie en particular.
   -Decile a la script que le entregue la pauta a Coqui -luego da un sorbo al café -Puta, está frío. Y andá a los de enfrente que te manden otro capuccino, decile que es por el canje.
El productor sin café, que estaba acomodando el set, se queda otra vez congelado. Piensa un instante, mueve diez centímetros un adorno ridículo que está también por canje, intuyendo que apenas va a quedar adentro del cuadro, y le traslada el comando al script.
   -Dale la pauta al Coqui. Ya vengo.
Sale disparado del local. Si hay algo que aprendió pronto en el oficio de ser productor sin café es que el productor con café no tolera la momentánea igualdad de estar sin café.
La script mira a Coqui, que sonríe con timidez desde su taburete. Coqui es el entrevistador.

Desde que aceptó ser el conductor del magazine todo se le hizo cuesta arriba. Modelo masculino en la década de los noventa, paga con este intento de nueva carrera el hecho de tener más de treinta años. Da bien en cámara, pero es una pesadilla para los productores artísticos, el editor y la script, aunque ésta le tiene cariño. La script es la única ahí con algunos estudios: es guionista recibida de un instituto privado, hizo dos años de Letras y ahora estudia Dirección. Es la que menos gana de todos, pero no se queja. Aceptó el trabajo pensando que iba a aprender, pero terminó siendo al revés.

El productor con café es hijo de un famoso empresario que se paró en los años del menemato. En la Productora se rumorea que es bisexual y se come tanto al dueño de la misma como a su mujer. Dicen también que el Blackberry se lo paga él y el iPhone, ella.

Vuelve el productor sin café con el café del productor con café que momentáneamente sufre la falta de café.
   -Dicen que el canje ya fue, me cobraron catorce pesos.
   -Qué hijos de puta. Después te doy.
   -Dale.
El productor sin café vuelve al rincón que hará de set y luego encara al camarógrafo. Éste le dice algo en tono de broma. El productor sin café murmura una puteada por lo bajo.
   -Fijate que no salga mucho esa mierda que trajo la esposa del Dire. Es horrible.
   -Dale.
El productor sin café se acerca al productor con su nuevo café caliente y al entrevistado y les dice que está todo listo para grabar.
   -Decile a Coqui y a la script que largamos.
   -Dale.
El productor sin café le hace una seña a Coqui para que se siente en el set. El iluminador hace una medición de la luz a la altura de su rostro. Sube a la parrilla y cambia la dirección de un par de spots.

Antes de todo eso, mientras el productor sin café salía a por café, conversaba Coqui con la script:
   -Te juro que no sé que hacer, debo ser el estúpido más grande delante de cámaras de la historia -decía compungido -no doy pie con bola.
   -No te hagás problema. No sabés las que pasamos cuando empezamos el programa de Norbella Amado, la vedette. Pensé que nunca íbamos a salir al aire. Teníamos más de doscientas horas de grabación y no había forma de sacar nada limpio de más de treinta segundos. Terminamos poniendo un locutor en off. En total, ella no salía más de cinco minutos por programa.
   -¿Ves? Yo me tomo esto en serio, nena. ¿Qué hago?
   -Hacé lo que te digan -dijo la script muy seria al ver la seña del productor sin café.
   -Dale.
Agarró su montón de planillas y sus carpetas y se sentó a unos cinco metros de Coqui, fuera de cámara.

El productor con café se puso de pie. Se acercó al conductor, que empezaba a sufrir el calor de las luces. El productor sin café se puso a un respetuoso medio metro de distancia.
Revisó el set, miró las luces. Descubrió el adorno casi fuera de cuadro y haciendo un chasquido con la lengua lo puso en la mesa ratona, frente a Coqui, que se estiró para evitar quedar detrás de él.
   -Cámara, hacé planos largos para que entre el regalo que le hicieron a Caty -varios se miraron entre ellos, Caty era la mujer del dueño de la Productora.
   Al iluminador:
   -Fijate como está de luz, luces.
Coqui miraba al productor con café con silencio anhelante. No soportó mucho más.
   -¿Yo qué hago?
   -Ponele onda.
   -Yo le pongo, pero ¿qué más hago?
   -Ponele onda, del resto nos encargamos nosotros.

Desde que la televisión argentina por aire dejó de ser más o menos un servicio para el televidente (servicio cuya calidad fue siempre discutible, pero no vamos a hablar de eso ahora) para convertirse en solamente un medio económico para los que están ahí, se dio un fenómeno particular, el del magazine con conductor "copado".
Gracias a Tinelli, algunos sueñan con un futuro Ideas del Sur construido sobre las bases de un programa periodístico hecho por no periodistas, con el aire fashion de Cecilia Zuberbuhler y la pátina modernosa del canal Gourmet.
El uso de personas conocidas (modelos, actores, mediáticos) sin ninguna preparación para el rol de conducción hizo que estos programas quedaran prácticamente en manos de los editores, que hacen lo que pueden con lo que tienen. Igual, por supuesto, el contenido es lo de menos. 
Lo que importa es la onda. Todo tiene que ser cool, alegre, gritón.

Si por lo menos dejaran de gritar.


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