27 mayo 2009

El látigo, el matrimonio y mi walkman.

Lawrence Garfield: [En respuesta al discurso de Jorgy] Amén. Y amén. Y amén. Tienen que perdonarme. No conozco los usos locales. De donde vengo, siempre dicen "Amén" después de que escuchan una plegaria. Porque eso es lo que acaban de oir - una plegaria. De donde vengo, esa plegaria particular es llamada "La Plegaria por el Muerto". Acaban de oir La Plegaria por el Muerto, compañeros accionistas, y ustedes no han dicho "Amén". Esta compañía está muerta. Yo no la maté. No me culpen. Estaba muerta cuando llegué aquí. Es muy tarde para plegarias. Aunque las oraciones fueran contestadas y ocurriera un milagro, el yen hiciera esto, y el dólar hiciera aquello, y la infraestructura hiciera otra cosa, aún estaríamos muertos. ¿Saben por qué? Fibra optica. Nuevas tecnologías. Obsolescencia. Ya estamos muertos. No estamos en bancarrota. ¿Y saben cuál es la mejor forma de ir hacia la bancarrota? Adquirir una cantidad más grande de un mercado que se encoje. Por los tubos, lento pero seguro. Ustedes saben, en una época hubo docenas de compañías haciendo látigos para carruajes. Y apuesto que la última compañía fue la que hizo el mejor látigo que ustedes hayan visto. Ahora ¿cuántos de ustedes quisieran haber sido accionistas de esa compañía? Hubiesen invertido en ese negocio y el negocio estaba muerto. Tengamos la inteligencia, la decencia de firmarle el certificado de muerte, cobremos el seguro e invirtamos en algo con futuro. "Ah, pero no podemos", dice la plegaria. "No podemos porque tenemos responsabilidad, una responsabilidad con nuestros empleados, con nuestra comunidad. ¿Qué pasará con ellos? Tengo cuatro palabras para ellos: ¿A quién le importa? ¿Preocuparnos por ellos? ¿Por qué? Ellos no se preocupan por ustedes. Los chuparon hasta dejarlos secos. No tienen responsabilidad con ellos. En los últimos diez años, sangraron a esta compañía. ¿Dijo esta comunidad alguna vez: "Sabemos que tienen dificultades. Les bajaremos los impuestos, les reduciremos los costos por agua y cloacas?. Fíjense: Pagan el doble que hace diez años. Y nuestos devotos empleados, quienes no han tenido aumentos en los últimos tres años, todavía ganan el doble de lo que ganaban hace diez años; y nuestras acciones valen un sexto de lo que hace diez años. ¿A quíén le importa? Se los digo. No soy su mejor amigo. Soy su único amigo. ¿Yo no hago nada? Estoy haciendo dinero. Y para que no olviden, es la única razón por la que se convirtieron en accionistas, en primer lugar. ¿Quieren ganar dinero! ¡No les importa si fabrican alambres y cables, pollo frito, o cultivan mandarinas! ¡Quieren ganar dinero! Soy el único amigo que tienen. Estoy haciendo dinero. Tomen el dinero. Inviértanlo en algún otro lugar. Tal vez, tal vez tengan suerte y se lo empleará de forma productiva. Y si es así, deberán crear nuevos puestos de trabajo y prestar un servicio para la economía y, Dios no lo quiera, incluso unos pocos dólares por ustedes mismos. Y si alguien pregunta, díganle que ya dieron por la planta. Y, por cierto, me agrada que me llamen "Larry el liquidador". ¿Sabes por qué, señores accionistas? Porque de mi funeral se irán con una sonrisa en la cara y unos cuantos dólares en su bolsillo. ¡Así vale la pena un funeral!(*)
Danny DeVito, personificando al tiburón Lawrence Garfield, en Other people's money (N. Jewison - 1991).
Si nos atenemos a la lógica es cierto que muchas cosas llegaron al punto más avanzado justo cuando dejaron de ser útiles porque otra cosa más útil (para el consumidor o para el bolsillo del vendedor) apareció de repente. Su desarrollo se detuvo gracias a los axiomas que son la esencia misma del capitalismo: retorno de inversión, pérdida de interés del mercado, etc.. No importa si todavía hay amplio margen para mejorar; nadie va a pagar por él. Ansina nomá'ej.

"El mejor látigo que se fabricó fue el último", dice más o menos Garfield/DeVito. Es decir, pudo haber mejores látigos. En términos humanos puede ser similar: un buen jugador de fútbol que cabeceó regularmente la mayor parte de su carrera, quizá se vuelva un excelente cabeceador después del momento de colgar los botines. O quizá antes, pero es posible que no le sirva de mucho. En las relaciones de pareja que se fueron al garete y terminaron encallando, también: uno va envejeciendo y las cuestiones que pueden haber sido las causas de la ruptura quizá dejan de existir. Vamos, un cacho de optimismo, canejo.

Suele ser la receta del éxito de algunos matrimonios longevos: se aguantaron lo suficiente como para no joderse tanto, que no es más que una interpretación que se puede hacer del final de "La insoportable levedad del ser" que ya hemos comentado aquí alguna vez (ojo, aunque falten una serie larga e insoportable de excepciones que no me interesa hacer). Hoy nadie está demasiado dispuesto a pagar con su juventud la vocación de pirata del marido o el consumismo desenfrenado de la esposa, por no mencionar otras cosas peores -y tan comunes como la miseria, mire vea.

Los cambios son complicados: hay una crueldad que no siempre estamos dispuestos a ejercer si somos personas medianamente amables, pero debemos optar y también asumir el resultado de la opción. Condenamos al que dejamos atrás a no cambiar, aunque cambie. Cuando damos de baja una relación -amistosa, sexual, comercial y otros etcéteras que no se me ocurren ahora- le estamos dicendo al otro que ya no importa cuánto mejor o peor sea en el futuro.

Si hablamos de la dimensión humana -en la que no hay absolutos, sólo subjetividades como dejar de comprar una marca de jabón por otra o salir un sábado con otras amistades- la cosa es todavía más cotidiana y reconocible. Quizá el amigo que dejamos de ver porque se le gastaron los chistes y las anécdotas o quizá la panadería que había dejado de hacer con la misma calidad esas ensaimadas otrora famosas algún día mejoren, pero ya no estaremos allí para saberlo. Por supuesto, nuestro abandono será parte del supuesto cambio del otro, o por lo menos ese pensamiento nos da un aliciente cuando llega el momento de decir basta, pero bien sabemos que las ensaimadas, de mejorarse, se las va a comer otro. Trijte pero cierto, chamigo.

El pasado no existe para este servidor, menos como entelequia en lo que todo fue mejor por el sólo hecho de no ser. Lo aprendí de los niños, creo haberlo dejado claro. Hecho -sí- de menos lo que era mejor; por lo menos lo que era mejor para mí y -sobre todo- lo que ahora no hay y me provoca asombro que haya existido: el Ital Park, el Concorde, los discos de vinilo, los helados de crema auténtica, las golosinas con chocolate de verdad y Diana Rigg. Y no veo la hora de que vuelvan (bueno, lo de Diana Rigg es complicado).
Pero no echo de menos mi viejo Walkman, que me acompañó durante casi una década. Prefiero mi MP3, dichoso invento.

Cambiar por cambiar es de cretinos. Al asumir la razón por la cual dejamos de lado una cosa nos equivocamos si es sólo la novedad. Por ese camino seremos unos eternos insatisfechos, anorgásmicos condenados. Cuando decidimos que algo no nos satisface lo que debemos hacer es establecer un estándar. Este puede variar, pero no para satisfacer la "siguiente nueva cosa" sino para ponerlo en concordancia con la experiencia, viejo maula si loj'ay.

"No es que me aburra de vos, Felipe, ni es que yo haya cambiado. Lo que pasa es que a partir de ahora, para todas las amistades regulares establecí que, pasados un par de años, no quiero oir las mismas historias una y otra vez. No sos vos, soy yo. No, bueno, no somos ninguno de los dos, es que establecí un nuevo estándar, viste".
Crecer es, por supuesto, establecer estándares mientras perdemos la inocencia, malaya.

Por eso será que siempre preferí que me cambiaran a mí, porque no cambié.

O porque cambié demasiado, velay.

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(*Traducción muy libre de mi parte, sacado de IMDB Quotes)