02 abril 2009

Encima, llueve.

Después de los posts de Unser y Cass, tengo que referirme a Alfonsín, pero espero que ellos me entiendan:

Creo que la masividad de la despedida es un mudo reproche a los que debieran convertir a Alfonsín en otro político más. Pero no todo es culpa de los políticos, no. 
Nunca fue santo de mi devoción, siempre tuve más cosas que reprocharle que agradecerle: demasiado moderado, demasiado conciliador, demasiado entornado (un entorno que después lo traicionó muchas veces). Hasta me enganchó en la Alianza con el IPA, que fue abandonado a la carrera sin demasiadas explicaciones. 

La escasez de gente digna en la política (sobre todo, en la presidencia -que desde el '83 es elegida por nosotros, debo recordar) lo eleva y lo significa diferente. Los homenajes a su decencia, cierta honradez intelectual y a su visión a largo plazo, fruto del tozudismo gallego que lo habitaba, hablan del fracaso argentino por hacer que esas virtudes sean una norma trivial y que la discusión política se centre en eso: la política. Como dice Caparrós, ser honesto no dice nada en política, y es ahí donde estamos haciendo agua, dejando la política en manos de políticos que no dan la talla a la hora de compararse con Alfonsín, que en política fue moderado, rosquero y tragador de sapos. 
Recuerdo al lector que los políticos salen de algo llamado partidos políticos, que son la expresión política de los ciudadanos. Y de ahí a la ponderación pública en las urnas.

Igual, con estos funerales espero que no estemos enterrando, para siempre, la decencia como norma común de nuestros políticos.