19 marzo 2009

Salvavidas de plomo.

Vivimos en una cultura incoherente: estar conformes es malo, pero sin embargo parece que la cima del mundo está superpoblada de paseadores de suficiencia burguesa. 

Un conformista es un tipo que hace balances desbalanceados, que otorga valores a sus haberes y deberes diferentes a los del parámetro socialmente definido, o que tiene metas cortas. O es que lo entiendo mal: uno debe estar inconforme hasta que los demás le dicen que puede conformarse.
Entonces, el balance depende de quien lo autorice: necesitamos una comisión auditora -nuestra familia, amigos, el entorno social en fin- que nos diga que el meditado proyecto de plantar un libro, escribir un hijo y procrear un árbol no está bien encaminado.

Hay un servicio público de cuantificación de metas. Ahí andan los que se toman gratuitamente (bueno, más o menos) la molestia de darnos pistas, instándonos a ganar un millón de algo o a hacer doce pasos. ¡Es fácil! ¡Hágalo y saltéese el juicio de sus pares!.

Yo me pregunto qué diferencia hay entre el pibe de catorce años que quema las naves por una ilusión vana, el tránsfuga que (se) miente por enésima vez, la cincuentona que se anota en pilates, el solterón que vive con los padres para pagar las cuotas del auto, los muebles o la casa o el poeta de los feriados que pelea la pelea de siempre con la rima de "azul". 
La zanahoria es de diferente tamaño, pero también tiene distinto perfume, color y hasta ni siquiera es una zanahoria, según el burro. 

La verdad, cruda, es que todos morimos en la orilla.