06 marzo 2009

Cuadernos de febrero.

De chico odiaba a la escuela. Me parecía una pérdida absoluta de tiempo y una cárcel para la creatividad.
(Perdón, empiezo de nuevo.)

Cuando llegaba el final del verano y había que ir a la escuela, me ponía ansioso y feliz. Empezaba en casa la febril campaña Pro Avituallamiento de Escolares (uniformes de clase, de gimnasia, útiles, libros, etc.), comandada por mi mamá, que montaba una logística frenética que generalmente empezaba por la parte más desagradable, la ropa -porque había que peregrinar por los cinco comercios autorizados por el colegio para proveer uniformes y encontrar la combinación exacta entre precio, calidad y tamaño, todo lo cual me aburría mucho, como en general me aburre cualquier intercambio comercial- y terminaba con la compra de los libros y/o manuales respectivos, pasando por la gratificante etapa de los útiles escolares.

En casa hubo épocas buenas, épocas no tan buenas y épocas bastante malas en lo económico, pero siempre se impuso la opinión de que comprar cantidades grandes de cualquier cosa contribuye al derroche, por lo que los stocks de consumibles escolares (llámense hojas, cuadernos y lápices) siempre eran bajos, casi amarretes. Mi vieja hacía especial hincapié en comprar ojalillos, invento que recuperaba hojas -y que a ella le parecían milagrosos- por lo que su uso era administrado personalmente. Según las épocas (en dolorosa proporción directa a su costo) teníamos cuadernos y repuestos Rivadavia, Estrada o Gloria. Sepa usted hacer la relación.

Recuerdo el placer de oler los cuadernos nuevos, de tocar el grano de papel, sentir su textura, buscando una comunión que no sentía con otros objetos. Quizá otro niño sintiera lo mismo con unos botines Fulvence a estrenar o una pelota de cuero nueva. Para mí el cuaderno en blanco era una promesa, una oportunidad. Me surgía una imperiosa necesidad de escribir para contarle cosas. Al cuaderno, que en realidad era yo mismo. A veces sólo eran dibujos.

Ocurría entre que se compraban los útiles y empezaban las clases. Por un lado, la absoluta conciencia de lo limitado del espacio, porque no podía usar todo el cuaderno ni mucho menos; por otro, la atractiva sensación de estar subvirtiendo el real uso del objeto. Después, lo que ahí constaba eran cosas que alguien me decía que tenía que escribir, y no era lo mismo.

Llegando el comienzo de clases, arrancaba las hojas y las quemaba. Me tomaba el trabajo de escribir las hojas opuestas, de manera de sacarlas de ambos lados de la encuadernación. Los pobres cuadernos llegaban más flacos de lo estimado al pupitre en temporadas más prolíficas y me retaban, más que nada porque el faltante era prueba de que no había quedado rastro de lo escrito. Mi vieja, salvo un par de estupideces que escribí a los ocho años, jamás tuvo contacto con estas otras pavadas y tenía un especial interés en descubrir si había en mí un futuro Borges, supongo que para no aterrarse por el retraído anormal que se la pasaba garabateando a escondidas y leyendo todo lo que caía en sus manos.

Quizá ya se haya hecho evidente la razón por la cual odiaba a la escuela: no me dejaba dónde escribir. Después, los cuadernos siempre empezaban demasiado pronto, casi instantáneamente.

Cuando tuve la primer computadora, escribí tranquilo porque borrar todo después era muy fácil. No había responsabilidad y fue la peor época, supongo, en cuanto a calidad.
Ahora que estoy más grande, más cínico y aprendí a relativizar la mirada del lector, el blog casi recupera la sensación de los cuadernos de vísperas de clases. Existe una leve responsabilidad, porque el espacio no es ilimitado y todavía tengo algo de decoro, contra lo que pudiera creerse. Pero ya no me obligo a quemar las hojas. 

Sepa usted disculparme.