24 febrero 2009

La zona oscura de la Red.

Desde que tuve noticias de su existencia, Internet me intimidó. Como yo era un lord de Fidonet, desde el principio tuve un prejuicio muy grande hacia Internet en general y la Web en particular, me parecía que los costos de estar en línea sólo podrían ser solventados por grandes empresas y lo último que yo quería era ser víctima de más publicidad (si alguien se olvidó, yo trabajo en sistemas desde los 15 años, así que tengo alguna autoridad -por lo menos ante los legos). Los accesos a Internet de aquellos años eran un lujo carísimo que servía sólo para que intentaran vendernos más cosas. La Web apestaba.
Pasaron los años y la pesadilla se hizo realidad: la red no sólo fue 1.0, sino 2.0. Yo cambié, pero Internet también, se hizo mucho muy grande además. Si hubiera querido comerme esta vaca en 1995, hubiese sido imposible. Pero bife a bife es otra cosa.

Casi todo lo que escribo lo hago en Google Docs. Publico en Blogger y Wordpress. Si bien uso poco y nada Hotmail y MSN Messenger, Gmail y Gtalk me son indispensables. Facebook hasta el momento me ha traído más satisfacciones que problemas (aunque no le encuentre mucha razón de ser, salvo para solaz de mi yo exhibicionista). Tengo perfil de LinkedIn y, todavía sin encontrarle demasiado el gusto, en Twitter. Contribuyo poco a Wikipedia, pero lo hago. Comparto muchas cosas con mis amigos, uso la red Torrent regularmente, y otras cosas que quizá se me olviden. Trabajo haciendo SEO y gestionando campañas en Adwords, entre otras cosas (como diseñar páginas web, aplicaciones en línea y hacer promoción electrónica).

Internet sigue intentando, por todos los medios posibles, vendernos cosas. La mayoría, ridículas. En mi rol laboral miles de veces he ido a la red a buscar algo para comprar, generalmente para mis empleadores, pero son cosas concretas y lo hago tan activamente como puedo, busco hasta que encuentro lo que realmente necesito.
Me doy cuenta que con el paso de los años he adquirido inmunidades de manera inconsciente, casi sin darme cuenta. Por ejemplo, cuando busco en Google no me dejo llevar por los trucos de SEO, que tratan de ganar los primeros lugares en las búsquedas. Generalmente ignoro esos primeros lugares casi sin pensarlo. Suelen ser la cuarta o quinta alternativa, y antes de darle click prefiero ver otra página de Google (que, invariablemente, muestra 30 entradas).
También he desarrollado "ceguera publicitaria". Primero a los cientos de banners que superpoblaban las inocentes páginas que visitaba cuando buscaba recreación adicional, luego en general a cualquier intento de hacerme ver publicidad en línea. Incluso, los al principio primitivos pero molestos y súbitos pop-ups (demos gracias a la barra de Yahoo, que creo fue la primera que los evitaba), hasta los actuales carteles hechos en flash y java, mucho más molestos y difíciles de evitar. Pero al final me volví inmune.

El 99% de Internet apesta, lo reconozco. Pero no hay vuelta atrás, hay que lidiar con eso. Como dije en el coso de Lacanna (que se mandó un excelente post, si evitamos calificar las fotos que puso al final), si creáramos la Comisión Pro Prevención de Publicación de Pelotudeces, a fuer de censurar en primera instancia a quien escribe, eliminará, junto con ése 99% de porquerías, el 99% del supuesto valor de Google, Facebook o Yahoo.

Sería volver a 1995 (y al principio de este artículo), cuando sólo estaban en línea quienes tenían dinero. De donde resulta, querido lector, que estas pavadas que aquí lees quizá estén salvando Internet.

--------------------------------------------------------------------
Actualización: Esta mañana se cayó Gmail por un momento, y me dí cuenta de por qué no me importa tres carajos Facebook. Si éste se cae, que se caiga, no es más que un juguete; pero mi verdadero "centro de comando" virtual se volvió Gmail y si falla se me complican un poco las cosas.

Otra cosa, este post había sido programado hace unos días, por lo que debo agregar que Lacanna no se rinde y sigue en su campaña en contra de la nabez (sí, a veces es un poco ingenuo el hombre).