11 febrero 2009

¡A la pelota que cambiaste!

Para enlazar con el post anterior, quiero demostrar conmigo de ejemplo cómo puede cambiar una persona, independientemente de con quién esté. Aprendizaje, desilusiones y desayunamientos varios nos cambian. 

No puede habérseles escapado, a los miles de lectores que siguen este blog desde sus inicios, que yo era de Boca. No lo podía evitar, nací en ese barrio, de familia italiana. Me gustaba el fútbol, aunque fuera un hincha algo extraño que prefería, por ejemplo, no festejar campeonatos o ver los partidos decisivos en la soledad de mi casa, que jamás haya tenido una camiseta de Boca y que todo el merchandaisin que poseía era regalado. 

Si bien me resultaba impresionante el entorno popular cuando iba a la cancha, nunca sentí admiración por la Doce aunque la prefería a ese insoportable fanático ricachón que es el plateísta típico, más patético todavía que el descerebrado de a pie. Y nunca sentí esa admiración necia por los burros que tiene el bostero típico, más propenso a aplaudir a uno que "se tire a los pies" que a otro que la pierde por querer jugarla bien. Nunca odié a los hinchas de River, más bien siempre me dieron risa (no, no es una chanza, también los bosteros de libro me causaban gracia, y me la causan).
Sin embargo, hay que confesar mi fanatismo. Un fanatismo apenas visible, pero que los hinchas de otros clubes adivinaban y usaban con particular saña sobre todo cuando Boca perdía.
Cada vez que venía a Buenos Aires, durante casi veinte años, iba a la cancha. Incluso, si no había partidos.

De uno de mis primeros amigos virtuales, del Canal #argentina del mítico IRC de Clarín (Gorrión, ¿dónde estás?), fanático de Vélez y que vivía a la sazón en la Boca, aprendí a admirar al pelado, Carlos Bianchi. Cuando pasó a Boca, me volví su apasionado seguidor (lo mismo me pasó con la primera etapa de Basile en la Selección y, ergo, en Boca -de la que hablaré enseguida). Mal no me fue.

Hace muchos años, un tío que había abandonado el fanatismo me dijo que me iba a pasar lo mismo: "Vos sos inteligente", me decía, "un día vas a ver realmente la farsa que es el fútbol y chau, te va a dar bronca haber sido tan estúpido". Yo lo miraba perplejo, incrédulo y algo dolorido. Es socio vitalicio -su padre fue uno de los primeros socios de Boca- vive a tres cuadras de la cancha pero no va hace como veinte años. También se interesó por Bianchi, pero dijo "ya van a encontrar la forma de hacerle imposible trabajar". Así fue, nomás.

Con la Selección me pasó algo similar: en mi recuerdo hay pocos partidos buenos que recordar: Bilardo con Maradona en su época de oro (hacía falta un Maradona inspirado para compensar semejante latrocinio) y casi toda la campaña de la Selección del Coco Basile en la Copa América del '91. Después, casi todo es asco. Me la pasaba puteando: a Bilardo, a Passarella, a Basile un poco menos y con mucha, pero mucha, vehemencia a Bielsa -quien casi me hace enrolarme en un comando terrorista que aplicara alguna "solución" a su problema.

Cuando Grondona presionó a Boca para que soltara a Basile y éstos trajeron al ininputable de La Volpe, dije basta. El mismo mafioso que había mandado a perder a Argentina por el dóping de Maradona y que había echado a Basile, ahora lo ungía de nuevo sólo porque con Boca iba a salir campeón hasta que se aburriera o se muriera. Por supuesto, Basile a la Selección llegó para terminar de morir como técnico.
Desde entonces, nunca más. El fútbol murió para mí. Apenas si adopté a Tigre como equipo, sólo para no tener que explicar demasiado cuando me preguntaran de qué club era.

A mí me parece que no cambié, porque nunca me sentí parte de nada. Pero para cualquier observador aparentemente inmóvil, el cambio es importante. Y no hicieron falta ni parejas, ni amigos ni familiares.

No, la verdad es que uno no cambia. Nada más se vuelve más uno mismo.