10 febrero 2009

La ciencia de los cambios.

A mis 41 años soy mi principal experimento sobre la naturaleza humana. Sí, resulta un poco limitada la prueba por lo que a veces intento agrandar la muestra y probar ciertas hipótesis con amigos, familiares y conocidos, pero no siempre dispongo de alguien capaz de reconocer -de entrada- su situación como objeto de estudio.

Todo sea por la Ciencia.

Supongamos, que estoy desarrollando una teoría sobre la infidelidad. Miro a mi alrededor buscando un cuñado pérfido, una amiga casquivana o un vecino pirata y no siempre tendré suerte de encontrarlos. El principal problema es el momento para enrolarlos: hablar de este tema con el cuñado en la mesa de navidad, con la amiga en el cine o con el vecino en la reunión de consorcio puede resultar complicado, cuando no malo para la salud (la salud mía).
Encima, uno debe contar con la falta de sinceridad de los encuestados, por lo que es sano desconfiar de los motivos de tía Porota para adornar la testa de su marido. Su alegato de que el peluquín del tío ya no la seduce en realidad esconde otras cosas que tienen más que ver con ella, más que ver con su putez. Y así el estudio termina siendo menos serio que con uno como único sujeto de estudio, qué tanto.

O por la Ciencia Ficción.

Hace un tiempo, leyendo la tercera autobiografía de Isaac Asimov (Yo, Asimov) -el hombre siempre tuvo mucho que decir sobre sí mismo- me enteré que el cambio de ideología del gran Robert Heinlein fue atribuído por el Buen Doctor a que aquél -autoproclamado socialista en su juventud- en sí no tenía ideología propia, sino la de sus esposas. Sí, la lengua de Asimov era famosa por su filo, pero la verdad es que hoy en día se reconoce la semilla reaccionaria en Heinlein incluso cuando se autoproclamaba socialista. 
La burla de Asimov es el motivo de este post. Si, ya llegamos, uf.

¿Cuánto tiene que ver nuestro actual otro significante en los cambios que se producen en nuestra vida, y por qué nos negamos a reconocerlos ante nuestra familia, amigos y, sobre todo, ex parejas? Porque no conozco guapo que quiera reconocer en rueda de amigos que su repentino gusto por el ballet y el polo tiene algo que ver con que se anda revolcando con una cogotuda que vive en Barrio Norte. Ni hablar del embarazo que sufre cuando debe enfrentar la socarrona mirada de una ex que se lo cruza por Viamonte y Cerrito de traje y con un clavel rojo en el ojal, en vez de la camiseta de Argentinos Juniors que antes no se sacaba ni para bañarse. Cuando se bañaba.

La Ciencia, motor de los cambios.

Si me pongo a pensar, es lógico que la persona que uno tiene más cerca en determinado momento revele mucho de lo que le ocurre en ese mismo período de tiempo. Esto es más notable entre los que, por lo menos, cambiamos alguna vez de pareja. 
Por un lado, si elegimos a alguien es porque tiene cualidades que nos resultan significativas. Algo de su cultura, de sus vivencias y de sus manías se nos pegarán, por aprendizaje, identificación o mera emulación mimética. Claro, también el grado de cambios depende de cierta medición de fuerza de carácter, y creo que allí llego al meollo de la cuestión.

Como nos causa gracia el chiste del gallego que frente a una pecera se comporta como el pez que tiene delante, nos da vergüenza reconocernos vulnerables a la influencia ajena, sobre todo ante nuestros relativos. Generalmente, porque no lo hemos sido con ellos, o si lo fuimos, ya no lo somos. Lo que importa es el cambio, los antes no eras así, los esa mina te lavó la cabeza o los quién te ha visto y quién te ve, dichos con un revoleo de ojos y asintiendo con la cabeza.

Descubrimientos de la Ciencia: La relatividad.

Partiendo de la base relativa de los cambios, es decir, que las modificaciones se verifican en función de un observador (que se cree) estático, el problema es establecer cuándo. Si retomamos la idea anterior de que nuestra pareja puede ser el reflejo de nuestro eventual devenir, entonces para alguna gente la causa y el efecto se invierten: algo cambia en uno y termina repercutiendo en la pareja. Quizá eso explique por qué mueren muchas relaciones u otras comienzan. Momentos de debilidad en los que dejamos de ser quienes fingimos o en los que fingimos para no ser quienes somos atraen diferentes bichos en la laguna, como lo que suele ocurrir en muchas infidelidades, en las cuales no se busca la repetición de patrones sino la variante: la burguesa ama de casa con el amigo juerguista del maridito gerente de una multinacional; el tímido profesor casado con una bibliotecaria y la frívola desnudista. A veces unas buenas tetas son la excusa, pero uno no traga sapos todos los días con gusto sólo por eso, ¿no? Bueno, mejor dejemos esos ejemplos, pero la idea es que no siempre nos cambian los actuales. A veces ellos no son más que una consecuencia. Así, la pobre Virginia Doris Gerstenfeld no tiene la culpa de haber cambiado a Heinlein, sino que éste se volvió más Heinlein cuando Leslyn MacDonald aflojó la rienda debido a sus problemas con el alcohol. Asimov tenía razón a medias, según esta teoría.

Verdades de la Ciencia.

Poniéndome bajo el microscopio, debo asumir algunas cosas: la gente cambia poco. Hace esfuerzos, más o menos largos, pero en el fondo es como es. Si se cambiara tan fácil, los denodados intentos de aquellas ilusas que se enamoran de un atorrante esperando volverlo un dócil proveedor de bienestar serían más efectivos. Te enamorás de alguien que no es quien dice ser, o no sos los que creés y ahí empieza una serie de negociaciones con el otro y con uno mismo para lograr cierta armonía (esas tetas bien lo valen). A veces, ésta dura años (la armonía, notablemente contemporáneas a las buenas tetas), pero todo esfuerzo al final provoca cansancio (y la gravedad, caída). El hechizo se rompe, como las gónadas o los ovarios, de tanto acarrear el cántaro agua cada vez más podrida a la fuente. Uno nunca cambió, sólo era más ingenuo.

Al final, no sé que quería probar. Todo este lío porque me da vergüenza reconocer que, desde hace un par de años, hago cosas que antes no hacía. 
Como tener un blog (bueno, varios).