18 febrero 2009

Juego de niños.

Cuando era chico, lo dije acá como doscientas veces, peleaba bastante. El barrio en el que vivía era medio malevo, y ahí peleabas o eras el hijo de la pavota para siempre. Yo salía de mi casa demasiado para mi gusto, pero mi vieja insisitía en que fuera un niño normal, y lo que suele suceder cuando mandan a un anormal con los normales es que hay problemas.

La lista reducida de problemas que en mi infancia armaban la gorda te la hago en dos minutos:
  • Diferencias en la elección de los juegos.
  • Diferencias en la oganización de los juegos.
  • Diferencias en las reglas de los juegos.
  • Diferencias en los resultados de los juegos.
En general, todo se resolvía sin demasiados empujones y con el gobierno de la razón, pero no siempre. Ahora, te hago la lista de por qué no siempre podíamos ponernos de acuerdo:
  • Un matón elegía los juegos.
  • Un matón organizaba los juegos.
  • Un matón reglaba los juegos.
  • Un matón cambiaba los resultados de los juegos.
El matón reducía todo a "se hace lo que yo digo o los cago a trompadas". Podría pensarse que el estar en minoría lo pusiera en desventaja pero no, la verdad es que la mayoría de las veces el grueso del grupo había aprendido por medios empíricos la dureza de sus puños, por lo que no sólo soportaba a los matones sino que andaba como bola sin manija cuando había demasiada democracia, por falta de uso de ella. Sin embargo, algunos terminábamos a las trompadas a instancias de la mirada de vaca degollada del amiguito que era fauleado repetidamente y sin piedad.

Pero esto no es lo peor. Lo peor sucedía cuando el matón no era un bruto, sino uno que tenía ventaja (y la usaba) sobre los demás. El gordito de la pelota, por poner un ejemplo conocido.

Hoy, que casi no hay matones a la vista sin embargo, nos la pasamos soportando a los vivos que se aprovechan de su ventaja e imponen condiciones: los gobernantes y sus prebendas, los "amigos" que te piden favores a cambio de su amistad (o cosas más gravosas e intangibles), el jefe que te mira desde arriba y te dice "si no te gusta, ya sabés que tenés que hacer", el cana que te coimea, el marido que martiriza a su familia (o la mujer que lo hace, por qué no) valiéndose de dependencias del tipo afectivo, económico y/o social y un millón de etcéteras.

El problema, a la larga, lo tienen ellos. El gordito dueño de la pelota se creía Maradona porque nadie lo marcaba y pensaba que tenía un millón de amigos, pero en cuanto empezaron a abundar las número cinco debió vivir con lo injusta que es la vida. Con suerte terminó atajando o de aguatero. 
Sin suerte, terminó solo y mirando de lejos, con un ojo morado.