05 febrero 2009

El mundo mágico.

"¿Cómo podés creerle a un tipo que dice que una galaxia está allá afuera, cuando vos nunca la viste, y no podés creer en Dios, en los ovnis o en Sai Baba?", esa es la pregunta que me hacen. Y yo me angustio porque sé en qué vamos a terminar: soy un soberbio y creo que me las sé todas. Pero vamos por partes.

Quieren las gentes creer que ambas credibilidades son equivalentes, pero no es así. No es lo mismo creerle las visiones proféticas a un santo que prestarle credibilidad a un astrónomo que se peló el culo en un telescopio sacando durante semanas el espectro de una galaxia lejana. Aparentemente, cualquier gil sin preparación tiene un telescopio, y nadie ve ángeles, gnomos o enanos verdes sin un doctorado en Princeton. Debe ser por eso.

Lejos de la ironía, al santo uno puede creerle hoy y mañana también. casi hay un cien por ciento de probabilidad de que nunca habrá un juicio descalificador definitivo desde la autoridad de aplicación (la jerarquía religiosa, supongamos). A lo sumo, se limitarán a balbucear cuando algún incrédulo se tome el atrevimiento de poner la aparición en duda, pero si uno cree en la Virgen de San Nicolás, cree en lo que vio Gladys Quiroga de Motta. Tampoco vi a mi amigo Fabio Zerpa negándose a reconocer un ovni, ni a Berlitz desconocer un lugar en donde hundir la Atlántida o dónde poner un Triángulo.

Edwin Hubble era un arrogante astrófísico de principios del siglo XX, bastante antipático y algo engreído. Descubrió nada menos que las galaxias, estableció las observaciones que sustentaron la teoría del Big Bang y fue capaz de reglamentar al propio cosmos, creando la "Ley de Hubble".
Profesionalmente, ningún astrónomo pudo con Hubble -ni siquiera su fiel ayudante Milton Humason- mientras fue dueño del uso del único telescopio capaz de efectuar un estudio serio del espacio profundo. Nadie podía discutirle, y la ciencia sólo avanza con oposición.
Su sucesor, Allan Sandage, tuvo que cosechar la inquina retrospectiva que sembró Hubble, cuando el resto de los observatorios fueron poniéndose a tiro de las galaxias. "Péguele a Sandage" era un deporte cotidiano y muy practicado. Aún hoy se discute su constante de Hubble, en las fronteras mismas de lo medible. Desde Einstein hasta los recientes doctorandos de cosmofísica, todos, dijeron lo que tenían que decir de si el universo parecía estar cerrado, abierto, curvo o plano. El debate, lejos de ser una injusticia, fue excelente para la astronomía y la física: en la discusión descubrimos que lo que vemos es apenas un porcentaje mínimo de lo que existe (sólo vemos cosas que emiten algún tipo de energía o materia) y que el universo es una gigantesca burbuja de espuma luminosa en la que todavía no se encuentra el 95% de la materia.

Mientras todo esto pasaba, seguían apareciendo vírgenes (Fátima, San Nicolás, etc.), y se instituyeron santos visionarios por docenas, a pesar del trabajo fértil que pudieran haber tenído sus abogados del diablo (que en todo caso afirmaban que lo que el aspirante a santo había visto era obra del maligno, nunca una alucinación por privación de alimentos, delirio mísitico, estados mentales alterados varios o pura ansia de figuración). Sí, mientras Hubble y Sandage eran puntillosamente vapuleados por cualquier aspirante a pistolero astronómico (a partir de los ochenta, el equipamiento necesario podía encontrarse -casi- en cualquier comercio del ramo) en busca de fama, la astrología pasaba de ser un truco barato de feria a formar parte de los noticieros del mediodía y a la contratapa de los diarios. Dobladores de cucharitas, mentalistas con esmowing, gurúes a la moda, místicos avista platillos y pastores electrónicos hicieron aparición, tuvieron su momento de gloria y hoy gozan, en general, de excelente reputación (y gordas billeteras).

Los científicos no. En países como el mío, ni siquiera son bien pagos. Son la lacra de esta sociedad. Unas larvas asquerosas, parásitos infectos que se dedican a intentar quitarle a la gente sus sanas creencias: la Tierra plana, centro del Universo; la Divina Creación; la desigualdad de las razas, el hombre como imagen del Divino Ser y los astros como culpables de lo que somos. Todo mientras se atiborran de antibióticos, ven al Pastor Giménez por televisión o se hacen la Carta Natal por Internet. Hijos de puta, si crearon la bomba atómica, la talidomida y el SIDA.

Bueno, revienten. El universo está ahí. Desde Galileo Galilei hasta el Telescopio Espacial Hubble, la ciencia avanzó hasta el punto de ponernos en nuestro lugar exacto (esto se lo robo a Sagan, parafraseándolo): de ser lo más importante de la Creación a ser apenas unos monitos arrastrándose por la cáscara de una pálida mota azul al lado de una estrella intrascendente, en una galaxia ordinaria dentro de un cúmulo de galaxias igual a millones. Valemos mucho menos que la mota de polvo de Horton hears a who, porque mañana mismo podemos desaparecer de golpe sin dejar ni una sola traza de haber existido alguna vez. Y no es una figura metafórica del bienintencionado y lacio Dr. Seuss. Es verdad, verdad verdadera. No somos nada, nunca mejor expresado.

La única maravilla de toda esta cuestión es también parte de la paradoja: no hay nada en este vasto universo, no hay planeta, estrella, cometa, o asteroide capaz de admirarse, de saber que existe. Mañana mismo podrían desaparecer un millón de galaxias y ninguna estrella lo lamentaría. Sólo nosotros estamos aquí para atestiguarlo, para saberlo. Somos la mente del Universo, su consciencia. Tenemos un universo para nosotros solos* pero, neuróticos al fin, preferimos ignorarlo.

Por eso todo termina como termina. Soy un jodido soberbio porque la supuesta equivalencia no lo es. Y lo digo. Superé la etapa mágica hace mucho tiempo, ya soy grande como para discutir el miedo a la oscuridad, sobre el peligro a que el cielo se nos caiga encima o a que la deidad nos abandone, furiosa por algún capricho no correspondido en tiempo y forma. Los ángeles y los demonios (estos son muchos más) viven entre nosotros, la mayoría de las veces juntos en la misma persona y generalmente demasiado cerca de uno. El Diablo es Osama, Obama, Evita o el perro del vecino. Y, obvio, los males de este mundo son obra de las fuerzas del mal, la energía negativa de Marte en Acuario o del mal de ojo.

Llegado a este punto, soy declarado insoportablemente soberbio y retirado por las Fuerzas del Orden, tratando de restablecer el ídem.

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* Sí, sé que hay una enorme posibilidad que no estemos solos, pero hasta que no vea un Holandés en Cohete -al decir de Asimov- la relatividad nos mantendrá prácticamente incomunicados. Podremos intentar detectar y observar (como con SETI), pero la comunicación entra dentro de lo improbable. Sin embargo, cómo me gustaría que supiéramos que no estamos solos y que perdiéramos la categoría de únicos, para siempre.