12 enero 2009

Existencialismo berreta.

Desde hace unos días andaba sintiéndome extraño. Tenía como el recuerdo de un dolor, como cuando se percibe una esquiva sombra difusa por el rabillo del ojo, que no se puede enfocar pero que vuelve en cuando te olvidás. Como la nostalgia por una promesa que nadie te hizo o un presentimiento del pasado de otra persona. Una boludez, bah, pero ahí estaba.

De resultas, me quedaba colgado tratando de precisar qué, qué, suspendido en cualquier parte. Hubo algunas situaciones embarazosas de las cuales salí con el codazo salvador de un compañero eventual, que empezaba a ponerse nervioso cuando veía a las moscas posarse en mis ojos de vaca, perdidos en el horizonte (bueh, es un decir, en la parada del 26 de Callao y Lavalle no hay mucho horizonte para ver que digamos) o cuando le decía "deme uno de cinco pesos de chocolate granizado y dulce de leche" al tipo que vendía las entradas del cine.

En un momento tuve que asumir que algo me pasaba: fui al espejo en busca de no sé qué, tratando de confirmar si la cosa venía por ahí (porque los seres humanos vamos al espejo para confirmar o desmentir algo que en realidad no se ve, como si un dolor del alma dejara una secuela física perceptible, un barrito, un forúnculo o una verruga). No había cambios significativos en mi cara de pánfilo, pero seguí mirándome hasta que las moscas no sólo me caminaban por los ojos, sino que se metían en mis fosas nasales y en la boca entreabierta. Gracias a que una fue demasiado lejos en sus exploraciones y me hizo cosquillas en la glotis que no estoy todavía ahí.

Me sentí el protagonista de La Náusea, de Sartre. Qué orgullo, compartir los devaneos filosóficos de Jean Paul. Recordé los esfuerzos que hice -al leerlo por primera vez- para imaginar sus padeceres metafisicos, cuando yo lo más cerca que había estado hasta entonces de una duda existencial era no saber qué vino me llevaba del súper; mucho antes que el emo de Capusoto, pero igual de pelotudo. Decepción.
No, no era ninguna náusea la que sentía. Seguía tan lejos de Antoine como lo había estado siempre, apenas si tenía un poco de sueño y hambre, porque recién me levantaba y no había desayunado. ¡Qué lija!.

Previo paso por un bar para clavarme un submarino con vainillas decidí ir al clínico, pero salvo un par de kilos añadidos (qué le hace una lancha más al Tigre, dijo con un suspiro de resignación mientras se miraba fijamente en un espejo del consultorio), no encontró nada importante.
Me derivó a un neurólogo, quien me hizo un par de electroencefalogramas, totalmente normales para mi edad y mis leves trastornos. Me preguntó si dormía bien, le dije que mas o menos bien, para el calor y el temita de la crisis. Se encogió de hombros, suspiró, caminó unos pasos hasta el botiquín del baño y se quedó un rato haciendo muecas en el espejo. Le pregunté si me podía ir y casi se muere del susto, pero una vez recobrado me dijo que lo mejor era un psiquiatra, que a lo mejor (qué costumbre de usar ese latiguillo que tiene la gente cuando expresa todo lo contrario, tipo "a lo mejor se murió"), era algo psiquiátrico.

La sala de espera del sector psiquiátrico del sanatorio estaba, a esta altura de la tarde, bastante animada; eran las cuatro, el negocio iba viento en popa, parece. Pedí un turno a la indiferente secretaria que me pidió mis datos de manera castrense, apurada: "¡Nombre, edad, Obra Social, Número de Documento!. Contesté algo con parsimonia, provocándola. Me miró inquisitiva, levantando las cejas con una ademán brusco, ante la segunda pausa adrede que hice en el dictado de mis datos. Tecleó con furia, imprimió un papelito y dijo dijo "mnnññhhh ...eciocho treinta, sea puntual", y me olvidó, sonriéndole al monitor y tecleando como una posesa aliteradamente. Si uno se viera la cara de pelotudo que pone cuando chatea...

Estaba un poco cohibido entre tantas personas con certificado de loco. Me sentía un impostor, apenas un tipo que... algo. Intenté comenzar una conversación con el sujeto que estaba a mi lado, que parecía tener algún síndrome importante. Su locura era fascinante: se removía en el asiento, se rascaba la cabeza, murmuraba y un par de veces pareció reírse de un chiste que sólo él sabía. Su acompañante -su guarda, seguramente- lo miraba cada tanto con los ojos vacíos y cansados de quien ya ha visto todo. Imposible la comunicación, ante el mero contacto visual conmigo empezó a pestañear como un poseso. Mejor quedarse callado.

La secretaria dijo "mmmmjjjññññlópez!" -sin quitar los ojos de la computadora y sin dejar de picotear el teclado como una gallina con parkinson- y mi atormentado vecino despertó de repente, se paró y agarró suavemente a su compañero de la mirada vacía de un sobaco para levantarlo, mientras le decía bajito "Su turno, Sr. López", y asordinanado más el tono de voz, susurrando casi, "vamos a ver al señor que lo va a ayudar con esas voces, López, manténgase tranquilo, eh".
"Mmmñññjjjebiet!", dijo la secretaria-chat. Llegaba mi turno, después de esperar casi tres horas. Ingresé al consultorio, hice el gesto de alargar la mano para entregarle al médico el papel que me habían dado pero me esquivó con una finta silenciosa que incluía un complicado gesto corporal triple que decía "cierre la puerta", "ya lo atiendo" y "siéntese acá". Me sentí un leproso.
La silla, incómoda, estaba ubicada a noventa grados del escritorio del especialista. Éste consultaba una notebook, supongo que mi historia clínica. Me miró un segundo todavía en silencio. Yo tragaba saliva.
La puerta se abrió y entró la secretaria que me miró con el ceño fruncido, registrándome. Detectó el papel todavía en mi mano derecha, casi que me lo arrancó de los dedos y lo puso sobre el escritorio con vehemencia. Creí escuchar un "mmm!" cuando se dio vuelta y salió dando un leve pero evidente portazo.

Empecé a sentir un poco de angustia. Eso no era para mí. ¿Qué tenía yo de malo? Nada, sólo me sentía raro desde hacía unos días. Y estos tipos están acostumbrados a tratar con gente que no tiene todos los patitos en fila. Yo estoy bien, soy normal. Tendré alguna boludez, pero soy normal.

Soy normal. Eso. ¡Soy normal!. Eso es lo que me pasa: soy normal y no me acostumbro. Tanto chiflado rodeándome últimamente me hizo sentir que el raro era yo. El ladrillo de cinco lados.
Me levanté de un salto. El profesional me miró como asustado. "Disculpe, Doctor", les encanta que les digas Doctor, "pero no es nada, ya encontré el problema. Disculpe por hacerle perder el tiempo. Adiós".
Salí dejando la puerta abierta.