02 enero 2009

Naturaleza muerta

En algunas películas apocalípticas recientes (Soy Leyenda, Niños del Hombre) se desmiente un poco lo definitivo de todo este mal que le venimos haciendo al mundo. No, no voy a lanzar una diatriba contra el ser humano por contaminar. Para mí primero estamos nosotros, aún sobre los delfines, animalitos de Dios. 
Pero todo tiene un límite, y no hablo de un glaciar menos (¿eh, Cristina, qué importa, mientras no sea en el Calafate, ehé?), destruir el ecosistema de un río de llanura como el Uruguay, hacer un agujero de kilómetros cuadrados en el seno de la precordillera o envenenar a miles con un lago artificial con aguas sin tratar. Hablo de parar la máquina del clima, hablo de ahogar a millones de personas que viven en las costas. Hablo de hambre y sed. No me importaría un pingüino menos, les juro, o hasta sacrificaría a todas las ballenas, si fuera ese el punto límite en la depredación del entorno por el hombre. Pero no, no lo es. Y antes de que no definamos cuál es el límite, prefiero que detengamos acá mismo la destrucción.

Decía que en algunas películas se deja ver que el planeta (haciéndose eco de lo que dicen muchos científicos que minimizan el efecto del hombre sobre el ecosistema, o sobrevaloran la capacidad de éste para recuperarse) terminaría reciclando nuestra mierda en algunas décadas. La evolución haría su trabajo nuevamente y, salvo catástrofes ambientales como un meteorito gigante u otra especie destructiva (en un punto, cualquiera demasiado exitosa pero sin cerebro como los dinosaurios o nosotros) la vida encontraría el camino.

¿Todo esto a qué viene, Fender?, dirán ustedes. ¿Te agarró el complejo ambientalista, te hiciste de nuevo de Greenpeace, te pusiste de novio con una ecologista?.
Nada de eso, todo viene a que en xxxxx y xxxxxx, justo enfrente de xxxxxxxx, hay un árbol que tiene, desde hace unos días, el nido de un jilguero que canta, a grito pelado, todas las tardes y sin importarle el tráfico de xxxxxxx y las aceleradas de los colectivos por xxxxxx, que es una maravilla.

Da gusto pasar por ahí cada tarde cuando salgo del trabajo y escucharlo cantar. Uno se transporta al patio de la abuela, a los domingos soleados de la infancia, a los atardeceres en las sierras de mi adolescencia. Claro, más pronto que tarde algún impaciente deja afónica su bocina pidiendo paso y rompe el hechizo. Pero ese pájaro loco sigue cantando, trinando por encima de todo, como si quisiera desmentirlos. Tengo miedo que sea demasiado para él, y un día pase y ya no lo escuche cantar.

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Nota: Siguiendo la última frase (y habiendo buscado links para "jilguero" en Google), me percaté de que a estos pájaros los apresan para encerrarlos y venderlos, así que minga de poner los datos geográficos. Solamente por mail y a los que no tienen estos hábitos les serán dados, si les interesa.