10 diciembre 2008

Manzana putrefacta/I

Hace unos días -Madonna mediante- varios amigos que no vemos seguido vinieron de visita. Quienes aquí vivimos organizamos un encuentro gastronómico jolgorioso que implicó algunas negociaciones (había que consensuar horarios, lugares, comidas y bebidas con gente que estudiaba, otros que andaban deambulando por la ciudad, más los vegetarianos y abstemios que últimamente son tan de verse).

Hay varias formas de negociar: una dice que se debe dar prioridad al otro para que proponga su solución al problema (porque en el fondo no es otra cosa que un problema de logística), y después plantear las dudas. Cuando las dudas sean demasiadas y no resueltas, contraofertar con una proposición propia. Lo que esta etiqueta de negociación no dice es quién debe ser el primero, por lo que se depende de la voluntad de alguno de los negociadores. Otra, más democrática y también harto complicada, dice que hay que poner todas las opciones juntas y votar. Pero siempre alguien tiene que proponer primero.

La cuestión es que, así como dejo el paso primero cuando un espacio es estrecho, también siempre dejo que el otro proponga. Y ni siquiera soy capaz de contraofertar en firme, si lo hago es algo vago y balbuceante, y prefiero terminar encogiéndome de hombros y dando la razón. Me avengo y listo. No se trata de principios, sino más bien de que sé manejar la frustración y me da cosa provocar la ajena.

No es que no tenga ideas. Tengo, y muchas. Pero mis propuestas siempre son inaplicables. Si alguien quiere ir a comer afuera es más probable que terminemos en McDonalds y no en Los Sabios, que es donde quiero ir. Sólo iremos a Los Sabios si tenía ganas de ir a The Grants (no, nunca tengo ganas de McDonalds, para mí lo más parecido a McDonalds es The Grants). Si nos quedamos en la casa de alguien, para mí es lógico que quien invite haga la comida. Pedir delivery es un pecado, sobre todo en Buenos Aires. Hacer en casa ocho pizzas de seis gustos cuesta lo mismo que dos pedorras de muzza de cualquier piringundín, y es más seguro, pero entre los porteños hay una cosa con la cocina. Creo que tiene que ver con que son todos chef frustrados: nadie te va a invitar un guiso de lentejas o unos fideos con tuco. Hay que quemarse las pestañas dos horas como mínimo entre ollas, sartenes y hornos. Sólo los verdaderos vocacionales estamos dispuestos.
Chef wannabe: estaba pensando reunirnos en casa, hacer un corte patagónico en hojas tiernas de huerta con salsa con suave caramelo, pero justo ese día tengo que sogrebresar hasta las 20.00, no tengo tiempo...
Yo: bueno, hagamos unas pizzas.
Chef wannabe: No, dejá de joder, es un bardo: pedimos delivery y listo.
Yo: ...
Chef wannabe: sí, me dieron un imán de un delivery de comida Thai que abrió acá por el barrio. Pero debe costar un fangote...
Yo: ¿el de Callao? ¡Vi que una porción de pollo al curry verde te la fajan treinta y cinco mangos! ¿Vos estás loca? Después no comés una semana. Vamos a Los Sabios y listo...
Chef wannabe: ¿Comida vegetariana? No, paso. Dale, vengan y pedimos empanadas...
Claro, mis amigos son gente de principios -por eso los quiero, entre otras cosas: el que no es ovolactovegetariano tiene aversión al ajo, el que delira por las delicatessen prefiere morir a comer una vulgar hamburguesa y el que desconfía del paté al vino blanco fatto in casa se lastra con todo gusto el que viene en latita. No se pueden frustrar, no lo toleran. Y no se trata de snobismo porteño, cuando vivía en el interior pasaba lo mismo: reunirse sin asado no es reunirse, pero ¿quién se clava con la parrilla?. Adivinen: quien suscribe, aunque hubiese preferido un fetuccine alla bolognesa.

Los años me enseñaron a observar estas cosas con benevolencia: me avengo. No me muero si tengo que comer panchos, langostinos fritos con coco o el ubicuo asado. Lo que quiero es reunirme con ellos, no recrear Yalta.
Tengo la capacidad de adaptarme a los demás y dejar mis excentricidades para mí solo o para quien tenga mi misma capacidad de avenirse, pero esta gente es más bien poca. Notablemente, es también alegre y que disfruta de todo, como yo. No siente que un plato de comida sea la medida de la infelicidad.

Pero hubo una época, hace muchos años, que no era así. Y fue complicado.

(Continuará)