01 diciembre 2008

Veracidad inverosímil.

Siempre me adjudiqué alguna facilidad para desarrollar con la ficción cualquier tema, incluso con lagunas de información sobre el asunto. Es la principal virtud que le encuentro a escribir, porque mientras uno imagine tiene derecho a decir cualquier cosa, con tal de que sea verosímil (bueno, un poco). Pero a medida que leo lo que se publica hoy en día, me atemorizo. No hay demasiado lugar para la imaginación. Y no, no es que estemos viviendo una etapa realista, para nada.

En los albores del género, John W. Campbell y sus esbirros siempre fueron incansables lectores y críticos de lo que se publicaba en ciencia ficción. Cuenta Isaac Asimov que debatían, por ejemplo, acerca de la dificultad de hacer novelas de detectives dentro del género. Según Campbell era difícil porque siempre se podía dar al detective un recurso que no existía en el mundo actual y con eso resolver un crimen de manera tramposa para con el lector. Es como si, yendo a lo fantástico, Agatha Christie hubiera dado poderes de médium a Hércules Poirot o Conan Doyle hubiese hecho un adivino mágico de Sherlock Holmes. 

Desde la ficción es posible inventar cualquier mundo, incluso uno donde las leyes más ineludibles -como la gravedad, la entropía o la estupidez humana- sean optativas o menos recias, pero siempre hay restricciones ¡hasta hay que imaginárselas o ser considerado un descuidado!, porque rigen las generales de la ley para la credibilidad. No puedo pedir a quien me lee que me asista con su paciencia cada vez que decido (o me veo obligado a) cortar camino. 
Sin embargo, es lo que hacen los "realistas mágicos" y mal no les va, florecen. Cada día que pasa más escritores intentan disfrazar su vagancia con este recurso, apelando a lo irreal para zafar del fárrago y el aburrimiento de su narrativa. Usan lo mágico como condimento porque no tienen cómo hornear una plato más exótico al paladar del lector. Es como comerse un pancho con mostaza de Dijon y decir "bueno, ahora imaginate cómo es vivir en París".

No es tan difícil, supongo, eso de inventarse las cosas que tienen los escritores con dignidad, hay muchos trucos: Haroldo Conti en Mascaró, el cazador americano (sí, como rompo con esta novela) habla de un paisaje que tiene tanto de fantástico como el recuerdo; sin embargo, el uso de la jerga marina es totalmente pertinente e irreprochable. El camino, los adoquines y las piedras que cimientan el relato son engañosamente reales, el paisaje no siempre.
Otros autores hacen al revés: describen situaciones perfectamente reales con lenguajes elusivos. El paisaje es reconocible, mas el camino está velado, es apenas una huella que se adivina más que se siente. Pienso en Boris Vian, William Burroughs, o Cordwainer Smith como algunos de estos escritores atmosféricos.

El nivel de debate ha caído, seguro: los pruritos fueron abandonados hace tiempo, mucho tienen que ver la televisión y el cine y su necesidad de historias fáciles. Lo sobrenatural, lo maravilloso se volvió una cotidianeidad, una obviedad.
Del valaco monstruo barroco apenas vislumbrado en Drácula, pasamos por los doce libros de vampiros new age de Ann Rice y terminamos en los más recientes de Stephenie Meyer. Del horror que provocaban las leyendas centroeuropeas en Stoker -que murió gritando "strigoi" ("vampiro", en rumano)- a una saga de ñoño romance en un high school alla Potter. 

Para vampiros vegetarianos prefiero el Conde Pátula, gracias.