17 noviembre 2008

Kelper de la lectura.

Cada día me siento más abandonado como lector. No porque necesite cuidados especiales, al fin y al cabo soy un yuyo y no hizo falta cuidarme demasiado, pero parece que nunca dejaré de sentir progresivamente que los libros están contra mí.

La cadena completa de producción de literatura y afines me detesta: soy el típico lector saltarín, pobretón e incompleto. Demasiado curioso para enfocarse, poco tentado a las corrientes de la moda académica o editorial, escasamente proclive a hacer concesiones por contemporaneidad o casualidad etaria con los autores, ajeno al debate académico y al de los talleres literarios (en los que se cocina más de una reputación, a fuer de quemarse); tozudamente escéptico al cánon, en fin.

El primer eslabón, el autor, es el que peor te trata: los lectores no tenemos derechos ante él. Somos sus primeras víctimas y estamos condenados, desde el principio, a sus caprichos; nunca seremos más que un colectivo informe, susceptible de ser desautorizado por cualquier razón, no entenderemos qué pretendieron, nos faltan lecturas, nos sobran prejuicios, no valoramos el esfuerzo por el estilo o nos tomamos libertades con los significados. Somos anatema por elegir personajes secundarios para identificarnos, están en la novela precisamente porque él, el autor, los detesta y, como dice Marguerite Durás en El Amante de la China del Norte, lo que se quiere es defenestrarlos, ponerlos en ridículo, ¿qué es eso de volverlos trágicos?. Sufrir la pena de Charles Bovary, acompañarlo en su camino hacia el ridículo no nos es permitido: hay que mirar, fascinados, a Emma, aunque sea una criatura estúpida y dañina. Así lo quiso Flaubert, so tonto.

Si nos gustó demasiado un libro determinado ni se nos ocurra mencionarlo: el último libro es el que cuenta, que se está cocinando y del cual no pueden decir nada. Repasar si Marisol se tiró del cuarto piso por despecho o por llamar la atención se les hace cuesta arriba. Ni se acuerdan de la trama. Nunca disfrutan lo que escribieron, eso está claro. Ahora son mejores que antes, y si no olvidaran, reescribirían todo (o lo prohibirían, como Borges con El tamaño de mi esperanza). Una porquería es ese libro, para qué pregunta, impertinente. 
La mayoría de los escritores actuales parece que escriben para otros, no para mí.

Después están las editoriales. No me voy a extender con ellas. Demasiado incomprensible es su funcionamiento, la mecánica de su negocio. La idea de un buen editor parece ser vender a Ari Paluch pero en un catálogo que sume el prestigio de Michel Houellebecq o Adorno. El catálogo: siempre me pregunté si no es la verdadera poronga con la que se miden entre ellos. Hace unos días Interzona palmó, y lo único que sacaron en claro fue el catálogo, ochenta títulos dignos de otros lectores que no soy yo (bah, tengo ¡Plop!, de Pinedo, por recomendación de Angélica Gorodischer). Ni siquiera los puedo acusar de fundirse por obviarme, porque no soy la clase de consumidor que una editorial tiene en mente. Ni las independientes ni las grandes.

Las librerías. Sí, acá puedo extenderme. O no, porque lo único que puedo decir es que las librerías venden lo que los escritores quieren escribir, lo que las editoriales quieren editar y lo que ellas quieren vender. Son el último filtro.
Entrar a Hernández o Cúspide, por ejemplo, es tiempo perdido para mí. Hay un mesa completa con un solo libro, el último de Junot Díaz, pero si pedís El Castillo de Kafka con los apéndices y en una edición medianamente legible, te miran como si pidieras limosna y fueras leproso. "Nnnnno, fijate en La Cueva" (librerías de usados de la zona del off Corrientes, el refugio de los desesperados). Y si lo tienen, cuesta ochenta mangos, aunque sea una rústica apenas disfrazada de edición de lujo y que tiene la misma traducción de la que está agotada desde hace diez años y que figura en la computadora a treinta y cinco -otro afano-.

Si el criterio de publicación es ajeno al lector como yo -repito, por si no lo dije, que lee bastante-, quizá sea porque me fijo demasiado en el precio de tapa (sobre todo, con la incoherencia que suele haber en él). Mi principal gasto es la lectura. Es en lo que más invierto, y si no gasto más es porque no tengo. Eso no quiere decir que si tuviera más para gastar, me sumaría a la locura de las mesas de novedades. Pero quizá alguien pensó en mí. Veamos.

Si hablamos de libros nuevos, recién escritos por autores nacionales vivos, Lanata fluctúa desde sus viejos libros a 25 mangos a los 75 del más vendido, Argentinos; Leandro Zanoni -un recién llegado- publicó a $50 y Alan Pauls remonta desde veinticinco por sus primeras novelas a casi setenta por El Pasado. Bueno, ya vemos que no es el autor, parece que no. ¿Más nuevo, más caro?. 
A mi me gusta Poe, por ejemplo. Entonces debe estar regalado, Poe: El método del Doctor Alquitrán y el Profesor Pluma, ochenta y tres mangos en Yenny, pero lo ví hace un par de meses a casi ciento veinte en Hernández. Los Cuentos escogidos de Hemingway, en una rústica lastimosa, está $59, también en Yenny. Los propios dioses, de Asimov, a setenta y dos.
A ver si encuentro una lógica: El de Pauls tiene 560 páginas. Muñecas, de Ariel Magnus, alrededor de 100 y por él piden 39. Quiero un novio, fenómeno inflado por los medios, tiene 124 y sale $32. Mmmmnnnhhh... tampoco es eso.

Antes, los libros eran de tapa dura, la rústica era una solución para los menesterosos como yo. Libros caros para los que podían pagarlos, libros baratos para los que no. Hoy lo que determina la posibilidad de que un libro sea realmente útil para uno como yo es que no se venda y vaya a la mesa de saldos de una librería para ratones como Libertador. Entonces, si lo encaro desde ahí, entiendo por qué siento que me odia toda la cadena editorial. Soy un subversivo, apuesto por el fracaso, por la derrota del autor, la editorial y, por lo menos, la librería de novedades.