06 octubre 2008

Veredas de Buenos Aires.

Tal vez sería más fácil hacer este post si me hubiese dado miedo. El miedo que sentía toda la Argentina hace, más o menos, treinta años. O el miedo que pudiera haber sentido un negro en Louisiana hace un poco más, cincuenta, con el Ku. O el miedo que puede sentir ahora un sudaca en Madrid, sobre todo si es mujer y tiene un acento marcadamente latinoamericano.
Un miedo anacrónico, a que agarren de nuevo la manija. Pero no, no sentí. Así que tengo que remar.

Estaban todos: los que parpadean tranquilos mientras dicen "acá, lo que hace falta es una mano dura", los que mataron hace poquito a Julio López, los que pidieron por el cura torturador Von Wernich, los que dicen que "este es un gobierno de montoneros"; estaba -como elemento cohesionador, pero también como abanderada promedio- la loca gesticulosa que desjarreta pescuezos ante las cámaras. Estaban, casi seguro, los que tienen las manos llenas de sangre pero las esconden, quienes abrazaron hijos robados de sus padres antes de matarlos. No estaban todos, claro, pero había de todo, seguro. Seguro que todos estaban "con el campo", no tengo dudas. Pero así como sospecho que a los piqueteros K. les pagan para estar, a estos prohombres también los mueve el mismo interés económico, trastocado de magnitud y de mezquindad.

Incluso estaban los rubiotes ésos, los pelados vestidos de camuflaje verde, ofendiendo el verde natural del follaje de los árboles de Plaza San Martín, lugar por el que pasé esta tarde, cruzando buena parte de la escoria de los setenta que todavía pretende victimizarse, ahora que está tan de moda. Ellos estaban porque les encanta jugar a los soldaditos. Claro, también estaban los que hacen el saludo como parando un colectivo (uno rojo, blanco y con una svástica negra) y tienen manía por los brazaletes al tono.

No eran muchos. Unos quinientos. Valientes, ostentosos, expansivos. Los brigadieres retirados se palmeaban la espalda, capitanes de fragata jubilados acariciaban la frente de nietos de camadas que no veían hace tiempo. Un par de coroneles comentaban la suerte de un tercero, callando los secretos que vienen callando desde que se callaron por primera vez.

Cualquiera puede pensar que en este país de River vs. Boca, de Ford vs. Chevrolet, de Colorados vs. Azules, de Pardos vs. Payos, Campo vs. Gobierno yo ya elegí cuál vereda es la mía. Pero no, con esta clase de gente en las veredas (porque del otro lado estamos igual de mal), prefiero estar en la vía.