24 octubre 2008

Rebelde Buey

Ahora está de moda decirse punk. Toda una generación que anda alrededor de la treintena hace gala de punkez. Hay hasta escritores punks, o que escriben sobre punks (y que cada tanto nos aclaran que hacen esto o aquello porque eso es punk).

Hemos discutido mucho sobre el punk. Si está vivo, si es una estética (nunca entendí cómo puede serlo), una forma de vida, una filosofía de vida (como la de cualquier tachero, pero con más onda), si se puede acceder a una parte del punk o hay que ser Sid Vicious. Ya que lo traemos a cuento, si vale la pena ser punk pasados los veinte.

Un tipo que se pasa haciendo escalas en la guitarra seis horas por día no es punk. Su vida tiene un sentido. Lo mismo un escritor que se pasa varias horas al día garabateando. O sea: esforzarse no es punk. Por eso los skaters no son punks.
Escuchar Los Ramones, The Clash o Sex Pistols no es punk. Tampoco Me First and the Gimme Gimmes, Yeah Yeah Yeah's o NOFX. Yo los escucho, y no soy punk.

Como acá digo lo que se me canta, yo les voy a definir qué es el punk: una maldición de la que uno, en algún momento, se desembaraza o muere. Obviamente, tiene una estética: hazlo tu mismo, como te salga. Generalmente mal, porque para ser punk hay que estar desesperado. Desorientado. Desperdiciado. Que nada te importe. El punk es eso que pasa un rato antes de que te juegues la vida por nada. O te juegues la vida de otro por menos todavía.

Claro que se puede ser punk, hoy. Pero no hay forma de serlo sin irse por ese camino que pocos recorren completo, que se trunca rápido y que al llegar no tiene final feliz.
No sé, si tengo que hacer una comparanda, ser punk hoy tiene más que ver con los pibes chorros, con la vida simiesca de los grupos villeros, la música del arrebato y el paco. Cada día está más heavy ser punk. Dee Dee Ramone hoy viviría en una villa de La Matanza, sería peruano, puto y vendería un poco para pagarse un chongo.

Sin embargo, no sé por qué, algunos oficinistas devenidos en artistas andan reivindicándose como punks. Lo son ahora mismito, mientras toman su submarino en La Giralda o lo fueron hace un par de agachadas. Para ellos el punk es romanticismo moderno, la gesta urbana de los proletarios soterrados por las obligaciones y un país escaso de oportunidades. Todos tienen berretines: actores, escritores, dramaturgos, músicos, titiriteros.
A veces me resulta embarazoso explicárselos: no son punks, nunca lo fueron. Me suelen maltratar porque yo soy menos punk que nadie, qué puedo saber yo, me dicen.

No, es verdad, no sé demasiado qué es ser punk. El desperdicio, la desesperación y la despreocupación me vinieron en edades distintas; la única vez que pensé que no la contaba y me jugaba por nada tenía puesto un traje; cuando me jugué la vida de otro casi me muero del infarto. No paso seis horas por día con la guitarra (se me nota), pero tampoco mi vida carece de sentido. En todo caso, mi vida nunca fue hacer nada por mucho tiempo, pero tampoco no hacer nada.

No es divertido.