03 octubre 2008

Novedades viejas.

Un avispado burgués yanqui se propuso ver si en USA es posible vivir el sueño americano, para lo cual se lanzó a la ruta con algunas ropas, unos pocos billetes y ciertas reglas que le impedían valerse de su historia previa (contactos, amigos, estudios). Parece que lo logró: al año era un próspero poseedor de cosas que no serán la representación más acabada del famoso sueño de los hijos del Tío Sam, pero por lo menos son -digamos- su mínima expresión. Una especie de The Simple Life pero en carácter más serio o sin tanto cinismo. Bueno, un poco menos, tampoco exageremos.
La conclusión a la que llega el muchacho es que con la cultura adecuada cualquiera puede salir adelante. Como dice Dostoievsky: "Todo es posible para las gentes de talento".
Chocolate por la noticia: lo saben miles de mejicanos, subsaharianos y otras lacras del mundo infrasubdesarrollado -como los argentinos de España- que intentan entrar en los paraísos cada vez más blindados del primer mundo.

Ya que citamos a Dostoievsky, fue quizá el rey de los nuevos comienzos. Aparte de cada traspié con el Zar, que lo condenaba a muerte o lo mandaba a Siberia cada tanto, estaba su pasión por el juego. Encima, su hermano dejó viuda, seis huérfanos y más de 30.000 rublos en deudas que heredó el pobre Fiodor. En uno de sus regresos después de cumplir condena, se enroló como soldado raso en el Ejército del Zar. Cuando uno lee sus novelas, sabe que el hombre habla con conocimiento.

Máximo Gorki, otro de mis rusos favoritos, hizo lo mismo en su juventud: salió a los caminos a vivir la vida de los vagabundos de fines de siglo diecinueve, sin más que un kaftán y un morral. Ocultó sus orígenes burgueses y fue bracero, leñador, cosechero, apenas ciruja. Supo con estas experiencias qué pasaba con la famosa alma rusa, la del pueblo campesino, capaz de compartir un plato de guisado pero pelear a muerte por una papa más en la olla que lo cuece. A pesar de sus disgustos y diatribas para con Dostoievsky, son casi lecturas complementarias.

Más acá, otro admirado por quien suscribe, George Orwell, escribió varias crónicas sobre los bajíos de la sociedad capitalista: Sin blanca en Paris y Londres y El camino a Wigan Pier, con una base vivencial verídica. Orwell fue muchas veces, a lo largo de su vida, un paria desastrado. Vivió la pobreza sin sufrirla -aparentemente-, como si fuera parte de un experimento sociológico. No creo.

Uno se tienta a decir que el Hemingway de París era una fiesta estaba en similar contacto con la mendicidad, pero al compararlo con Henry Miller se acaban las ganas. No tenía espíritu para la pobreza, más bien hacía alarde de haber sido pobre.
Miller abandonó un cómodo puesto gerencial en Western Union para vivir una vida prácticamente taoísta de tan somera en bienes, viviendo de los demás (y de June, Anaïs, y todas sus mujeres, viejo ladino).

Louis Ferdinand Celine fue otro que hizo algo similar a Dostoievsky: se enroló en el ejército, en la primera guerra, abandonando la burguesa carrera de medicina. Pero el pobre Celine lamentaba mucho ser tan asquerosamente pobre. Viaje al fin de la noche es un insulto para todos, incluso para los excluídos a todos los banquetes de este mundo. Por eso nos gusta tanto.

Quien esto escribe empezó de cero varias veces. A veces con un poco más que unos pesos en el bolsillo, a veces menos. Quiero creer que obligado por las circunstancias, por decisiones complicadas, por mantenerme fiel a mí mismo. Nunca un objetivo importante inspiró esos recomienzos, pero ninguno tan estúpido como probar que este mundo puede ser para los demás todo lo generoso que pudo haber sido conmigo. Tendría para decirle un par de cosas al estúpido yanqui que se fue un año para volver al otro con seis mil dólares en el bolsillo, pero apenas le voy a dejar un deseo: ojalá lo robe un mojado recién llegado, con arena en los bolsillos.

Prefiero al Wakefield de Hawthorne, un juego al que todos quieren jugar, alguna vez. Yo sé de qué hablo.