14 octubre 2008

Post Pedorro: Entre la adolescencia y perder el tiempo con dignidad.

Siempre dije que la secundaria fue una pesadilla para mí. No sólo por la pérdida de tiempo y el doble esfuerzo inútil por fingir aprender y su utilidad, sino que peor era mi relación con compañeros y profesores. No me refiero a los problemas con su condición humana -o la mía-; hablar de eso ahora sería de vieja chismosa y resentida.

Con mis compañeros tenía conflictos muy complicados: yo era capaz de todas las trapisondas posibles, pero siempre con alguna utilidad, nunca me dejé llevar por el daño liso y llano. Digamos que mantenía un equilibrio, porque si había algo que me molestaba sobremanera era tener que estudiar y portarme bien obligatoriamente. Podía hacer el papel de alumno modelo si lo consideraba una ventaja, pero jamás iba a serlo de verdad. Por ejemplo, había que dosificar la travesura, pasarse de rosca demasiado temprano significaba tener que levantar la piedra de Tántalo todo el año y andar como un carnero resplandeciente de marzo a diciembre. Había adoquines que no lo entendían: en junio ya tenían 24 amonestaciones y media y andaban como muñecas melindrosas, con miedo a estornudar demasiado fuerte (ni hablar de ponerle al busto de Sarmiento un sombrero de bataclana).
Gracias a un delicado sopesamiento de puntos de oportunidad, siempre me decanté por el mal menor, desde la lisonja a la profesora coqueta, el elogio para el atildado profesor, hasta la deserción lisa y llana (por una ventana que habíamos descubierto muy a propósito) si había fuertes posibilidades de prueba escrita, pasando por la confabulación mafiosa y el sindicalismo estudiantil -de la rama Miguelista-.

Por otro lado, me parecía estúpido llevarse materias, todo el verano estudiando de verdad, cuando si tenías dos dedos de frente te concentrabas en el aula y listo. Ya estaba obligado a perder cuatro o cinco horas de mi valioso tiempo en esa tortura lectiva para tener que agregarle horas extracurriculares. Entonces, en el aula generalmente estaba concentrado y poco dispuesto a andar en babia o jugueteando con los imbéciles del fondo (donde invariablemente me sentaba), tratando de ahorrarle a mis vacaciones semejante tragedia.

Mis compañeros, a pesar de que se los explicaba una y otra vez, no lo entendían. Llegué a ser tan hijo de puta como para negarme a ayudar a los más haraganes: jamás le dicté al forro que se pasaba la hora de Química hurgándose los sesos a través de la nariz, haciendo rimas chuscas con "bismuto" o riéndose como energúmeno cada vez que la profesora decía "plutonio" o "isótopo".
Sin embargo, en mi carácter de vago más ilustrado de la división, acepté el padrinazgo de los verdaderos duraznos del aula, aquellos que no importaba cuántas horas le dedicaran a los mayores y menores, nunca iban a cerrar un balance en cero. Más que enseñarles los principios de la partida doble, les daba consejos sobre la vida estudiantil. Pocos me entendieron.

Faltan ellos: los profesores. La mayoría me tenía un discreto odio, pero algunos me respetaban. Había profesores que no sabían de su materia más que lo que decía el libro de texto, que yo ya tenía leído para fines de marzo. Casi seguro leía más que ellos, así que muchas veces sabía más también, pero me hacía olímpicamente el sota.
No podía leer Contabilidad, Física o Inglés, pero eran las materias que a mí me salieron siempre bastante fácil. Había que remar en Matemáticas, y -ejem- en Música.
Con otros tenía una especie de juego del gato y el ratón: estaban seguros de que no estudiaba (imagino que había soplones entre el alumnado, sobre todo entre las tragas de adelante) y me jugaban celadas para ver si me agarraban en blanco. Debo decir que no hay nada más fácil que provocar a un profesor que se cree sagaz (simple psicología inversa) cuando uno sabe la lección. Estudiar el comportamiento de los que no estudiaron es suficiente. Siempre decidía yo cuando pasar a dar lección.
Con las amonestaciones no podía hacer demasiado, salvo sonreír.

En Castellano de primer año el profesor me pescó leyendo Guy de Maupassant. Era un libro de cuentos, que empezaba con una especie de descripción en crónica de Le Creusot, según recuerdo. Quedó complacido aunque me regañó apenas por la mala elección de la hora de lectura.
Desde entonces, todos los profesores de Castellano y Literatura me la hicieron fácil. Fueron los únicos que me entendieron desde el principio.
Con el resto, tuve que fingir y, lo que es más triste, perder el tiempo. El mío, porque el de ellos estuvo siempre perdido.