17 septiembre 2008

Violentos Anónimos

De algo tuve plena conciencia el día que dejé mi tercer atado del día incompleto para siempre: o dejaba de fumar de manera absoluta o no dejaría jamás. Ni un solo cigarrillo más. Me descarrilaría para siempre.
No fue fácil, pero tampoco tan difícil. Sólo por hoy.
Hace más de diez años que no fumo despierto, pero en sueños lo he vuelto a hacer muchas veces, como una especie de polución tabacal. Es como si mi psiquis todavía no se hubiera liberado del placer culposo de fumar, aunque en la mayoría de estos sueños suelo terminar advirtiendo que estoy haciéndome mal y lo dejo de vuelta, con reproches.
Algo así me pasa con la violencia. Soy una persona en general pacífica (aunque bastante vehemente) y con algo de malicia se me puede llevar en una escalada desde la discusión enfática hasta los insultos y las piñas. Claro, ya no se trata de ponerse de acuerdo, si no de legítima defensa. Son escasas las palabras que me lleven a un rapto violento, en general estoy a la altura de cualquier discusión, incluso con la negativa a seguir discutiendo cuando el interlocutor "no vale dos trompadas" con una presentación rigurosa de espalda y el gesto característico de sacudir el brazo. Pero soy perfectamente consciente que puedo descontrolarme si el estúpido de turno es capaz de comprar todos los boletos.
Viviendo en una ciudad no es posible evitar discutir con algún desconocido. Bah, sí es posible, pero con el riesgo de volverse el felpudo de todos los valientes cobardes que se abusan de la paciencia de los demás: el colectivero maltratador, el que se te adelanta en una cola, el que te clava un paraguas en el subte repleto, el cajero que deja de cobrar justo cuando te toca a vos y un larguísimo etcétera. Generalmente, en esas situaciones no suelo responder. Me vuelvo un felpudo, con algo de resignación. Salvo cuando manejo, porque tengo la teoría que es mejor una trompada que un velatorio a cajón cerrado.
Admiro a aquellos que se meten en una discusión con estos abusones sabiendo que no importa qué pase, los límites civilizados serán respetados por ambas partes. Así como admiro al tipo que se fuma un cigarrillo por día, siento envidia por los que pueden darse el lujo de una puteada en voz alta sabiendo que no irá más allá de eso.
Yo me conozco y no tengo el valor.

Este post está dedicado a la mujer que esta mañana me empujó ostensiblemente al bajarse del ómbibus, pensado que yo lo había hecho antes adrede, cuando la muy estúpida impedía el paso de todos. Dos veces te pedí permiso, gil, consiguiendo apenas que revolearas los ojos. Sabías que estabas en el paso, pero alguna excusa interna tendrías que te hacía sentir justificada. Ojalá te encuentres, cualquier otro día, con algún tipo menos controlado que te patee en ese mismo momento los tobillos (o antes, cuando te hacías la boluda).