08 septiembre 2008

Refutación de la medicina.

Empiezo este texto dejando constancia de que, a pesar de lo que voy a decir, tengo algunos amigos médicos. Hasta tengo un cuñado, pero mucho no cuenta en el promedio porque por la salud de las reuniones de los domingos me guardo estas opiniones para otros ámbitos. 
Ámbitos como éste.
También quiero dejar en claro que, a pesar de lo que pueda inferirse, siento admiración por algunos médicos. Y casi todo lo que me distancia de su profesión lo aprendí de ellos, paradójicamente.

Bueno, la verdad es que les desconfío a los médicos, en general. No hay originalidad en ello porque hasta parece una condición necesaria de mi ascendiente tano el renegar de los cuidados médicos. Viene en los genes, dirá usted. Quizá mi aversión a los hospitales y similares tenga que ver con eso, no lo discuto.
Pero la cuestión relevante es que les desconfío más allá de las historias que se cuentan sobre ellos, de los lugares comunes (eso de enterrar los errores, por ejemplo) y casi sin tener en cuenta mi experiencia previa. Más bien, la experiencia relevada ha sido posterior y casi siempre ha sustentado mi recelo.

Mi primera impresión, cuando era un niño, fue que el médico vive de la industria de la enfermedad. No, no es que ese simplismo sirva para justificar todo, pero era un buen comienzo. Si recuerdo los programas de mi niñez, las insoportables siestas de Ana María, Doña Petrona y compañía, en las que se invitaba a algunos médicos para que sacudieran la sábana de algún fantasma infeccioso e hicieran ¡buuh!. Estaba también "El Arte de la Enfermedad Infantil", con Mario Socolinsky y su peluquín, en el cual numerosos especialistas mostraban sus cualidades de médico brujo conjurando algún padecimiento espantoso, esta vez en infantes. 
Hasta los noticieros aggiornados contaban con la asesoría interesada y batidora de parche de matasanos advirtiendo sobre la peste rosa, el herpes, la influenza, tos convulsa, polio, diabetes y cáncer. Yo me tapaba los oídos (no había forma de que mi vieja, hipocondríaca como es, me dejara cambiar de canal -tampoco tenía mucho sentido, porque seguro en otra sintonía lo que iba a encontrar era lo mismo dicho por otro "especialista en asustar con generalidades acerca de la enfermedad"-) y cantaba Calling Doctor Love, Doctor Robert o Rock and Roll Doctor.
Después, cuando aspiraba a perito mercantil, me asaltó una duda más -obvio- mercantil: ¿qué haría un médico ante una epidemia de buena salud?. Supongamos que se lleva a cabo un ataque frontal a la enfermedad y en un operativo de pinzas se la destierra al pasado, como pasó con la viruela. ¿Qué harían los médicos? Es lógico pensar que nunca va a derrotarse a la enfermedad mientra haya enfermos. El menos interesado en un mundo sin éstos es el médico. Como los abogados que ven un conflicto legal en cuanta disputa de medianera se presente, un médico sin trabajo se dedica a ver graves padecimientos en un simple catarro. Ordenará estudios, fruncirá el ceño, pedirá nuevos estudios. Y ante la curación sumará otro poroto del agradecido paciente. Otro paso más cerca de la eminencia.

Cuando la enfermedad sea real y consistente, el médico usará la experiencia de otros médicos y se limitará a hacer el mismo papel que siempre: más larga la enfermedad, más réditos para él. Hará cálculos estadísticos, evitará revisar la historía clínica del paciente (¿quién confía en la sanata que figura ahí? ¿Qué médico acepta el diagnóstico previo de otro, los análisis que pidió? Si eso es para la gilada. A ver si este tarado no está enfermo de verdad..., se dice el médico precavido.)
Llegado el momento, se hará cargo de los compromisos con visitadores médicos y recetará lo último en márketing farmacéutico. Dejará constancia de la gravedad de todo con el valor excesivo de los remedios (cuya monodroga cuestan el 15%, pero que no recomienda porque nunca se sabe qué hace cada laboratorio, como si la industria farmacéutica mainstream tuviera un compromiso ético mayor, jejeje).
Hay veces que se exigirá la presencia de un tipo realmente hábil, porque hay enfermedades jodidas de verdad, es obvio. Bueno, ahí entrarán en juego los médicos difíciles. Éstos viven de la desesperación de otros médicos que no pueden hacer lo que ellos sí. Es decir: uno nunca llega a ellos de primera (salvo en las emergencias, pero esa es otra industria, más parecida a la de los cerrajeros y estamos hablando de plomeros). Se pasa por media docena antes. Asustado y con el alma en un puño, uno pone la propia vida o la de los seres queridos en las manos de uno que -por fin- sabe (y lo demuestra cobrando fortunas). Sin embargo, ése que sabe lo único que hace es jugar con las probabilidades: 
  • la primera, la del error humano de su propio equipo, no siempre bien pago porque como se la quiere llevar toda solo trabaja con tipos baratos, de pésima reputación, escondida en la suya; 
  • la preparación del lugar que elige para realizar sus artes, a veces con dudosos antecedentes de higiene y funcionalidad pero amigables con sus ambiciones de no repartirla;
  • su propia fatiga (el dinero es directamente proporcional a la cantidad de pacientes vistos, no importan los honorarios -o sea, no es que un médico que cobra mucho más que otro vea menos pacientes-);
  • su habilidad en el exacto momento de elegir qué hacer, dónde cortar, qué cantidad de droga, etc.; y
  • la maldita incapacidad de los malditos pacientes de mierda a reaccionar igual ante idénticos tratamientos.
Luchar contra estas cosas es difícil y no siempre uno tiene la posibilidad de hacerlo. Siempre la presión es sobre el familiar, como si el enfermo fuera de piedra. Sobre todo si éste ya está en cama y no puede hinchar demasiado a la obra social o a la prepaga por una resonancia, una tomografía o una especialidad más.
La experiencia -de la que hablaba- es coherente: he visto médicos especialistas entongados con los jefes de las terapias intensivas e intermedias vendiendo tratamientos y estudios inútiles o riesgosos, jugando con la desesperación de la familia. Me han tocado especialistas que sólo tienen una placa en la puerta del consultorio aunque carecen de la habilidad fáctica que va más allá de recetar algunos remedios y que, ante la menor complicación, derivan (con un vamo' y vamo'). Enfermeros (que apenas si tienen el oficio) que hacen punciones toráxicas porque el señor cirujano está en la consulta (en realidad, el doctor no sabe hacerla porque ¡siempre la hizo el enfermero!). He caído en manos de médicos de renombre que atendían más de sesenta pacientes por día, sobre todo pediatras y médicos clínicos con consulta propia o en clínicas de nombre propio. 
Después discutiremos si la medicina estatal es peor, la privada es garantía de mejor atención o lo que quiera -quien esto lee-, para eso están los comentarios.
Mientras, los dejo un rato. Tengo que ir a hacerme ver este bultito que me salió en el brazo...