28 septiembre 2008

Querido baterista.

En mis años de músico tenía una relación complicada con los bateristas. Desde Teacher hasta el Zurdo, siempre la cuestión se hizo a los tirones. Uno tiene que aprender algo rápido de los bateristas: no les gustan las críticas ni las recomendaciones. El Señor de los Parches sabe de rítmica seis veces más que vos.
Así nos lo hacía saber Teacher (fanático de Billy Cobham y Gene Krupa) con cada recomendación. Nuestra primera banda tocaba de todo, como Peter Gunn, de ELP; The Friends of Mr. Cairo, de Jon&Vangelis; o From the Beginning, también de ELP, donde se podía explayar a gusto, pero no había forma de conseguir que Canción para mi muerte no sufriera la misma tormenta de timbales y platillos alla Sing, Sing, Sing.

Teacher era tan exhuberante que ponerle amplificación hubiese sido una exageración aberrante. Pero con otros bateristas era condición indispensable perder tres cuartas partes del tiempo que se usa para dejar a punto los niveles y la ecualización antes de un recital.
Los más exigentes guitarristas hubieran estado hace dos horas tomando cerveza en el bar, pero si el Señor todavía no encontraba el ton correcto o se la pasa ecualizando toda la mezcla una y otra vez, preocupado porque el crash se pierde -según él- entre instrumentos tales como bajo, guitarra, teclados, violín, arpa o flauta, hay que aguantársela.
El Oso podía pasar una hora y media regulando el sonido del redoblante. Fanático de John Bonham y Keith Moon como era, después había que cargar con su frustración porque su batería no sonaba como la de Bonzo, con la nuestra porque él no era Bonzo y la de todos por no ser Led Zeppelin.

Hay que decir que ciertos sonidistas -esos que no pueden parar de tocar los botoncitos- aman a estos muchachos. Mientras el resto de los músicos tenemos una relación tirante con los sonidistas y su criterio, los bateristas pueden -con el sonidista indicado- hundirse en una sinergia infinita.
Cuando consiguen lo que desean, lo único que se escucha en la mezcla es la batería, volviéndonos una banda tributo a Cozy Powell que no toca temas de Cozy Powell ni tiene un baterista lejanamentoe tan bueno como Cozy Powell. Los demás subimos el volumen de los amplis cuando vemos que no escuchamos los monitores. ¿Para qué me compré el Fender Twin Reverb de 100 vatios, eh?. Ahí tienen el principal problema del mal sonido en algunos lugares.

Con el paso de los años, fui volviéndome viejo: el Teacher me llevaba casi una década, allá en los ochentas. El Zurdo tenía una década menos que yo, a fines de los noventa. En esa década apareció el baterista a reglamento, que ni transpira, y cuyo representante más in-digno es Charly Alberti. El Zurdo venía a los ensayos con aceite esmeralda, átomo desinflamante, muñequeras de neoprene, bermudas holgadas y una toallita en los hombros. No sé para qué, si jamás calentó los bíceps.
Los ensayos, según él, debían ser sumarios (nada de improvisaciones), su ideal era el ramoneano: todos los temas debieran durar menos de dos minutos. Discutíamos por mis solos: si osaba pasarme de los ocho compases hacía una sentada de protesta, paro y no-movilización.
Después, había que discutir la lista de temas: nada demasiado rápido al principio, porque se quedaba sin aire. Y nada de meter tres temas al palo seguidos (como final, por ejemplo) porque iba a transpirar la ropa y tendría que cambiarse para el after.

Hay más: Tino, empecinado en usar ropa más digna del baterista de Luis Miguel que de una banda trasher (lo digo yo, que después de él era el más descolgado visualmente, pero tampoco exageremos). O El Loco, incapaz de decidir qué usar de toda la parafernalia que tenía, cambiando de sets como de calzones, cada dos ensayos (juro que un día apareció con una batería electrónica tipo Bill Bruford en la última época en Yes) o de arreglos, pasando de Ian Paice a Stewart Copeland sin avisar.

Como una justicia que tiene poco de poética pero que el uso quiere así, Dios me castigó con un hijo baterista, fanático de Joey Jordison.
Dios no me quiere, lo sé.