18 septiembre 2008

Los consejos de Fafá

El buen post de unservidor sobre el mago Fafá traía esta viñeta sobre los consejos del pobre mago a un vecino, preocupado porque no pudo comprar más que un guardapolvo para sus dos hijos. Recordé que en la película iraní Niños del Cielo se explota una situación similar con un realismo no carente de ternura. Después, una nube de nostalgia me sahumó las neuronas y dejó difusa mi memoria, impidiendo acordarme bien de un excelente post -que parece que está perdido porque no hay gugle que lo recupere- de Subjuntivo (uno de los tantos alter egos de Gerund) sobre las zapatillas baratas y sus suelas con cuadraditos huecos de relleno; para luego aprovechar esa misma nube como colchón para una ensoñación extática y rememorar mi propia infancia, con algo de intención épica.

Hasta que no fui capaz de darme una vida propia llena de sobresaltos económicos (algunos atribuíbles al país, otros a mis propios errores y/o a las decisiones de vida), acompañé las tribulaciones que atravesaban mis viejos: hijos de inmigrantes que se iban sacando el ghetto de a poco (Dock Sud por parte de mi vieja, La Boca por parte de mi viejo), el cual se mostraba todavía en cada conversación a los gritos que crispaba los nervios de los pacíficos mediodías de la recoleta villa turística que nos cobijaba entonces.

Mi vieja, prolija ama de casa que hasta nos hacía la ropa con la Necchi a tracción humana (que todavía existe en excelente estado), hacía lo posible por parar la olla en los malos momentos, que no fueron todos pero fueron muchos. Mi viejo, cual tano que se precie, laburaba a destajo de cualquier cosa. Gracias a eso hubo épocas excelentes, pero no se puede negar que siempre fuimos una familia de clase baja con aspiraciones. Nos rompíamos bien el culo, todos, pero a veces apenas nos alcanzaba para la dignidad.

Lo del guardapolvo doble función nunca ocurrió. Tampoco la típica herencia del ajuar de hermanos mayores a menores. Había como un prurito por parte de mis viejos, que jamás lo propusieron, salvo emergencias, claro.
Toda nuestra adolescencia pasó entre las obligaciones escolares y las de ayudar con las actividades comerciales de mi viejo, aún en las buenas épocas. Con mi hermano aprendimos a hacer de todo: vender electrodomésticos, hacer pizzas, pasar películas, y un largo etcétera.

En la peor época de todas me tocó estar en la facultad. Apenas si tenía para pagar la pensión y comer salteado. Fumaba como una chimenea cigarrillos armados con tabaco Mariposa, viajaba a dedo para ahorrarme los pasajes y estaba flaco como nunca estuve. Aprendí a ratear en los supermercados latas de corned beaf, picadillo, calditos y hasta botellas de whisky (cosa que hoy no haría ni por justicia). Llegué a comer cualquier cosa: picadillo con mermelada, hamburguesas crudas en sandwich de galletas marineras o criollitas con puré chef preparado con agua caliente de la canilla del baño de la pensión. El vino barato era la única alternativa a emborracharse alguna vez, cuando alguna cooperativa escabiadora se presentaba.

En aquellos años, con tanto tiempo libre al faltarme dinero para diversión ociosa y sin poder comprarme libros, hice la gran Asimov: empecé a escribir para tener qué leer. Compraba los blocks borrador Congreso (una invitación a la imaginación cada página en gris kraft sin renglones), pasándome tardes que de otra forma hubiesen sido terriblemente aburridas, garabateando historias de ciencia ficción. Escribí siete capítulos de una novela de este genero que escondía de todo el mundo como el peor de los pecados -tal vez lo fuera-. Al verme sin posibilidades de terminarla quemé todo sin culpa, sabiendo que pronto sería escritor y escribiría cosas mucho mejores. Todavía no cumplí.

La verdad, no sé a qué viene todo esto, apenas puedo recordar que todo empezó con el post de unser, la película iraní de los nenes que pierden un zapato, otro post -que no encuentro- de Subjuntivo sobre zapatillas, La Boca, la Necchi de mi vieja, las películas que pasábamos con mi hermano en el cine de mi viejo, el corned beaf, Asimov, el papel kraft ardiendo, la seguridad de que igual seré, algún día, un escritor que valga la pena leer.

¿De qué estaba hablando? Ah, sí: de que estoy a punto de ser abuelo.