10 septiembre 2008

La cárcel de las palabras.

Una vez hubo un Haroldo Conti:
"Volvió al final de la tarde. El sudor y el agua se le secaron con el viento y le ardía la piel. Los médanos se habían puesto negros y alcanzó a ver el penacho de arena. Algo después Cafuné pasó como un tejo sobre su alada bicicleta con esos parches de colores en las ruedas y una cinta de bayeta en cada punta del manubrio. Levantó una mano, pero Cafuné no responde ni mira. Pura figura. Una vincha de goma le sujeta el pelo, gris, cerdoso, que flota por detrás de su cabeza. Cafuné pájaro. Es de poca carne, agudo, huesos. Cuando no toca la flauta corre de un lado a otro con su bicicleta. Lleva y trae mensajes. Más a menudo los inventa. Lo ha visto, hay seguridad, por un costado del ojo. Ojo de mosca. Se aleja con un chasquido de gomas perseguido por una bandada de gaviotas."
El párrafo tiene casi una estética de cómic, pero el juego que juega con las palabras es evidentemente literario. Los violentos cambios de tiempo verbal, que serían censurados en cuanto taller de escritura se osara mencionarlos, fluyen con naturalidad. No sé si veo a Cafuné o eso que veo es la imagen de mi propio recuerdo. O un tipo que me cuenta una historieta.
"El sol roza las puntas de los médanos, la playa es una neblina amarilla que recorren luces y fosforescencias, las gaviotas están paradas sobre sus sombras que se alargan en la arena, y se quiebran en la primera ola."
Aparte, hijo de puta, sacale "fosforescencias" a la frase y esas palabras son de tercer grado, a lo sumo. Faulkner, morite. Ah, ya estás muerto. Alejo Carpentier, vos también. Pensar que tantos de nosotros estamos apretados por el vocabulario, conminados a tejer retruécanos.
"Los ranchos del pueblo se abultan hacia el poniente. Tienen un lado blanco, preciso, y un lado oscuro que se alarga en punta hacia el mar. El faro sobresale por detrás de los ranchos, todavía en el sol, por lo que parece más apartado y más alto. A medida que Oreste se acerca al faro se corre hacia la izquierda, siempre sobre los techos, y después entra en el mar. El faro es anterior al pueblo. Lo levantaron unos italianos que vinieron desde Palmares, sobre el Cabo de Santa Mana, ese peñón solitario ahora completamente oscuro, que se hace a la mar a medida que Oreste se aproxima al pueblo."
[...]
"La torre del faro emerge blanca y lisa, en otro aire. Lo demás, por debajo, son borrosidades. La torre es de piedra recubierta con mortero. Más cerca se aprecia la carcoma del tiempo. La argamasa descascarada, las ventanas con restos de marcos y batientes, la puerta roída en los bordes, recompuesta con tablas que arroja el mar. Sin embargo, el faro funciona como el día que lo echaron a andar."[...]
Eso de la torre del faro "en otro aire" me produjo alegría. Haroldo Conti debe ser el más borgiano de sus asesinos (y el más renuente).

Perdón: no es éste un blog literario, ni pretende serlo. Pero hace tanto que no leo algo que me provoque tanto placer, tan integrado, que me resulta insoportablemente necesario decirlo. Aunque parezca cursi, sí (como esos tontos que hablan del último -único, a veces- libro que leyeron). Creo que este esforzado aprendiz inicia un elusivo romance con Mascaró, el Cazador Americano.


[Haroldo Conti fue desaparecido el cinco de mayo de 1976. Se lo llevaron, presumiblemente, a algún chupadero en el cual seguramente se lo torturó y donde luego fue asesinado. Tenía 50 años.]


Gracias, Cass, por insistirme.