14 septiembre 2008

Autodispensas.

A pesar de que revisto -ilusamente- como hombre joven, técnicamente soy un hombre de mediana edad. En realidad, después de que te ponen el sustantivo inequívoco "hombre" y el "joven" se adjetiviza, es todo la misma mierda: estás viejo. Pero no voy a llorar por eso, no.
Tampoco voy a decir que estoy de vuelta o que nada puede asombrarme. Al contrario, tengo plena conciencia de todas las cosas que todavía no sé y las que no he experimentado, pero en ciertos temas vengo decidiendo cada vez más seguido: "basta de esto".
De todas las cosas que podría enumerar, cosas que uno se harta de escuchar, ver y experimentar con los demás, voy a pasar (en realidad, dejarlas para otro momento, malditas cucarachas, no se salvarán de mi furia). Siendo un tipo medianamente autoconsciente, mi primera obligación es para con mis propias debilidades (y no, tampoco haré una lista minuciosa de ellas).

Después de numerosas situaciones en las que fallé, no estuve a la altura, renuncié por razones valederas o totalmente pueriles (lo que es peor) y un larguísimo etcétera, aprendí a conocerme un poco más. Siempre fui algo exigente conmigo mismo, como prevención ante el ridículo o la decepción de otros, lo que en realidad terminó animándome a pocos, actos insensatos, pero pude coleccionar una cantidad notable de fracasos sin problemas.
A esta altura del viaje, hacer esa autocrítica es la que me permite reconocerme como olmo. Y desde entonces me cuelgo un cartel que dice: "Olmo". Ya no quiero que los demás me pidan peras, ni ver la decepción en sus ojos cuando no obtienen peras. Hay cosas que no haré, aunque quien me lo pida o lo necesite sea la persona que más ame en el mundo, o que la recompensa sea millonaria o lo que sea. No tiene sentido hacerle perder el tiempo a los demás animándolos a creer que uno puede con todo. Yo no puedo, y desde entonces he podido hacer mucho más de lo que hacía cuando todos creíamos que yo era normal.

Quien me pida peras sabrá que cumplir con sus expectativas me volverá otra cosa (porque haré hasta lo imposible por cumplir), algo que quizá después deteste, esa persona y yo. Mejor, que me pida lo que puedo hacer, y -cada tanto y sin demasiada premeditación-, quizá la sorprenda. Algunos creen que esto es comodidad. Sí, claro.

El camino empezó una noche, en el invierno de mi desesperación, cuando aprendí a pedirme perdón.