19 agosto 2008

La seriedad de la niñez

Hubo una época de mi infancia, entre los siete y los diez años, en la que me había puesto demasiado serio. Fue una época larga para tan poquitos años de vida.
Algunas causas pude identificarlas posteriormente: deseaba fervientemente agradar a mis mayores; emular ese aire grave y solemne con que los adultos impregnaban cualquier pavada; sufría del acoso de pensamientos demasiado sombríos -inducidos por lecturas poco orientadas y convenientes- que me hacían llevar todo a la tremenda (casi un Drama Prince); y, tras cartón, habitaba con temor más en el mundo de las consecuencias que en el de las causas, cayendo en el agobio de la irreflexiva disciplina familiar, religiosa y escolar, capaces de castigarme por crímenes que me creía totalmente capaz de cometer involuntariamente.
Ya hablé aquí de las primeras veces. Como un ciego que entra por primera vez a un cuarto y que se da contra las paredes y los muebles hasta que recuerda dónde están, estaba a merced de la ignorancia.

De aquella época recuerdo una pesadilla espantosa que me llenaba de terror en las madrugadas y que era recurrente. Jamás pude describirla con facilidad: sentía que había hecho algo monstruoso, algo fuera de toda medida pero que ni yo sabía qué era. La desesperación me llevaba a levantarme, revisar el baño y otras dependencias, buscando qué podía ser. Una vez instalado el miedo ya no podía dormir tranquilo.

Después de los diez años empecé a desconfiar de los adultos. El Edipo me pegó con accesorias en la credibilidad. Empecé a descreer, sobre todo, de la justicia de mis mayores; no siempre era universal, no siempre era automática, no siempre era irreflexiva. Se podía negociar, don Inodoro.
Aprendí a darme un poco de crédito. Por un lado, no se puede vivir midiendo constantemente las consecuencias (un proceso que se va de madre en la adolescencia); por el otro, a medida que crecí las reglas dejaban de agarrarme desprevenido.

Puedo hacer hoy introspección y encontrar nuevamente esa sensación de angustia, azoro y decepción de entonces. Hasta el corazón se me acelera. Es como el sabor del agua de mar, que no me abandona aún después de casi treinta años sin pisar una playa.