01 agosto 2008

La estafa del pasado.

Hace años que mis amigos dicen que, ante la escasa chance que tengo de publicar un libro del que me sienta medianamente satisfecho, puedo ir despuntando el vicio escribiendo uno de "autoayuda" (seh, ningún libro es de autoayuda, pero usted me entiende). De paso, hago un poco de dinero (se hace lamentable hincapié en esto, debo decir).
Son mis amigos, qué podemos esperar.

Ellos se apoyan en determinadas participaciones mías en sus vidas, de las cuales -extrañamente- han salido más o menos felizmente por un consejo justo o una consigna reveladora. Creo firmemente en lo que digo en esas ocasiones (en casi todas) pero no soy muy conciliador, tengo poca paciencia, me considero un pesimista y no suelo decir lo que el otro espera escuchar. Encima soy bastante árido, así que no hay nadie más confundido que yo ante estas agradecidas opiniones.
De verdad me siento muy incómodo en el papel de "portador de epifanías ajenas" porque -para ir empezando- no soy un buen ejemplo y -para ir terminando- no tengo mucha más consignas que avanzar y minimizar los daños.

He descubierto (no hay que ser un genio, ni mucho menos) que dentro de las complicaciones en la vida que no son impuestas por el exterior, la de vivir en el pasado es la más condicionante y la más común. Es, de las imposiciones que nos hacemos, la neurosis más dañina. Y nos hacemos más vulnerables con los años.
Hay sentimientos asociados al pasado que nos resultan excesivamente atractivos: la melancolía, la nostalgia, la añoranza. Sin embargo, ahí acecha la depresión -lo sabe bien quien ha pasado por ahí o debe convivir con ella-. El pasado es, también, el hogar de la culpa, el remordimiento, el resentimiento y el odio, que debilitan la voluntad, la autoestima, la confianza en los demás y el perdón.
Sin embargo, el pasado tiene una característica muy importante -de ahí su atractivo-: lo revivimos y reelaboramos a gusto. Podemos rehacer esa jugada que nos salió mal cien veces y en todas nos saldrá bien. Somos libres de trocar decisiones, afirmaciones en negaciones, pérdidas en ganancias. Es posible suspender el tiempo, desmentir el presente y el futuro.

Pero no se puede negar al pasado, claro que no. Hacerlo es otro acto neurótico (este país vive entre la negación de la historia y su evocación romántica -así estamos-). Lo opuesto al pasado es la esperanza, la chance y el aprendizaje. La tozudez lo desmiente un tiempo pero puede ser otro timo: el orgullo herido vive también en el pasado.
Para salir adelante de estas trampas aprendí de los que menos saben de él: los niños. Su capacidad de asimilación es asombrosa, pero es consecuencia de tomarlo como un precio a pagar por un presente o un futuro (cuando las cosas siguen mal) mejor. Un niño que no tenga esperanza es la peor cosa que existe: es un adulto pequeño, un ser triste y derrotado demasiado temprano (debo decir que detrás de eso siempre hay uno o más adultos perversos).

Los adultos perdemos esa capacidad -creo yo- en la adolescencia (que para peor arranca cada vez más temprano). Es como una larga progresión logarítmica que nos lleva lentamente a una madurez que intuimos odiosa (¿culpa de nuestros padres, que la pintan como el fin de todo lo bueno?) y que de alguna manera queremos evitar. Dejamos de ser como niños y empezamos a renegar del precio a pagar. Queremos el futuro ahora, sin dilaciones. Cuando ese futuro llega, con todas las obligaciones, los roles y sus mandatos, es demasiado tarde. Perdemos la fe en el futuro. El yunque de la vida se nos afirma entre los hombros y, con la cerviz doblada, nos resulta más fácil con cada año que pasa revivir que vivir.

Habrá quien me diga que la melancolía es una forma de refutar la muerte próxima, de negarla. Como quieran: ahí está y lo único que nos separa de ella es este tramo que nos queda por vivir. Negarse a hacerlo es morirse ahora pero difiriéndole la comida a los gusanos.

Uff, el desarrollo de mi sesudo libro de autoayuda me alcanza para un post, apenas. Lamento desilusionarlos, chicos. Otra vez, sí.