05 agosto 2008

Gallo tuerto.

Cuando conozco una persona siempre me formo una opinión temprana. No lo puedo evitar. Si al salir de un primer encuentro me preguntan qué me pareció fulano o perengano, siempre tengo una opinión. Si bien con los años aprendí a no abrir la boca ante gente con la que no tengo mucha confianza, en realidad tengo una impresión que está más basada en el prejuicio que en cualquier otra cosa. Y muchas veces me equivoco (eso de "ojo de loca no se equivoca" no va conmigo) porque la gente no siempre se revela de primera cuando recién la conocés (a veces por vergüenza, timidez, desconfianza o mera delincuencia).

Me pongo más errático (como todos) cuando hay más virtualidad en el medio (chats de MSN, mails, foros y esas cosas). Cuando la virtualidad va desapareciendo (o cuando no la hay en absoluto), tiendo a acertar un poco más, pero igual sigo equivocándome seguido. Me salva, como digo, que cierro la boca y agrego "por ahora fulano me pareció..." al principio de cualquier comentario.

Las cosas que, cual Sherlock Holmes endrogado con paco, me hacen desconfiar o confiar en las personas que no conozco demasiado son estas. Vean ustedes:

Desconfío de:

  • Fanáticos varios, desde clubes de fútbol pasando por sagas literarias (léase Tolkien o C. S. Lewis) hasta mundos virtuales (WoW) o juegos de rol.
  • Lectores y linkers de ciertos blogs o sitios de Internet con los que no comulgo en el gusto.
  • Masculinos que se llamen Omar o Claudio.
  • Femeninas que se llamen Patricia o María Cruz.
  • Kirchneristas (en este país ser fervoroso oficialista me hace desconfiar de cualquiera).
  • Quienes me preguntan demasido sobre mi actividad profesional tipo "casting" fiestero.
  • Los que creen que su informalidad incluye mi tiempo, mi dinero o mi "lo que sea" con o sin permiso.
  • Los extremadamente desconfiados.
  • Aquellos que son muy cariñosos con todo el mundo y te tratan demasiado deferentemente.
  • Las personas que no cuenten nada relevante de sí mismos ante una pregunta directa.
  • Los malhumorados, disfrazados de divos pelotudos.
  • Los que se las saben todas y los inmodestos. Se incluye los que se creen demasiado lindos.
  • Los aduladores o los que viven en la falsa modestia.
  • Los que hacen alarde de ignorancia y/u ostentación de viveza criolla.

Confío en:

  • Las personas divertidas, que se ríen de sí mismas o de lo incómodas que están.
  • La gente que mira a los ojos.
  • Los torpes, desprolijos, brutos y palurdos.
  • Aquellos que sacrifican la formalidad en bien de la comodidad.
  • Las personas "con problemitas".
  • Los sociópatas que hacen un esfuerzo por no serlo.
  • Los tímidos.
  • Los que no me dan la razón para quedar bien.
  • Esas personas que tienen un "no se qué" de perro apaleado.
Por supuesto, todo esto es tan lábil y provisorio que no me sirve para nada. Bien sé que muchas veces quiero confiar (o no) en alguien solamente porque me reconozco detrás de la máscara.
"El cuero es buen maestro", dice mi amigo (el mismo de siempre, tengo un solo amigo sentencioso hasta la fecha) y una de las cosas que el cuero me enseñó es a desconfiar.
Primero que todos, de mí.