03 julio 2008

El post machismo y Fender

Rápidamente, después de haber publicado el post anterior sobre las mujeres y sus confusas adscripciones a los mandatos de la Liberación Femenina, algunas patoteras de mi entorno empezaron a atacarme: "ya te parecés a Bestiaria, meta estereotipar". "misógino", "mal pensado, un generalizador", y otras cosas más subidas de tono (alguna con la manito en un puño y sacudiéndola por sobre su cabeza).
¡Mentiras perras! Yo soy equitativo con todos los sexos -más, a la hora de las incoherencias- pero resulta que por casualidad -en mi pequeña vida privada- había pasado por un intercambio de opiniones sobre el tema y me pareció excelente tema para un post.

Ahora, en un afán de innecesaria justicia (y con el riesgo de que me peguen los varones) les hago la lista de las incoherencias masculinas (sí, casi todas tienen que ver con el sexo), basado en algo que nos está comiendo la cabeza a los hombres y es el machismo después de que se convirtiera en algo "políticamente incorrecto". Sin embargo, como todo en la historia, tuvo su rebote en el "post machismo" encarnado por ciertos personajes mediáticos como "Lali" Hanglin, Chiche Gelblung o Raúl Portal (toda una galería, eh) y que ha dejado un hueco a los sentimientos contradictorios del machista acomplejado.

  • El metro macho. Vive pendiente de la estética propia y ajena. Se lava las manos ante el mínimo contacto con el mundo exterior. Gusta de los deportes vigorosos, masculinos. Tiene una cita periódica "con los muchachos" para jugar al fútbol, comer asados, jugar al póquer o tomarse una cerveza importada en un bar del down town. Vive en el centro del "mundo masculino" moderno.
    Su sentido de la higiene y la pulcritud, más un plus misógino heredado, hace que en su oscura subconsciencia termine considerando a la mujer como un ser imperfecto que sangra involuntariamente y que se deforma cuando queda encinta; a la vez que empieza a manifestar una admiración cada vez más exclusiva por modelos masculinos de pulcritud, buen vestir y atributos varoniles varios. De ahí al closet, del que no saldrá jamás más por vergüenza. Se buscará otro señor con idénticos valores y problemitas, para vivir el "arte de la elegancia" con alguien tan reprimido como ellos.
  • El machista cogelón: tiene tres categorías para las mujeres: "le doy", "sólo borracho" y "es una mamita", pero todas están en su lista. Las excepciones que debe hacer por presión del tabú lo abruman (madre, hermanas, ex parejas, parejas de amigos y familiares cercanos), hasta el punto de provocarle serios conflictos internos. Se masturban pensando en sus cuñadas, primas o la novia de su mejor amigo, y lo viven con enorme culpa. Reaccionan ante cualquier alusión al tema ("¿Viste las tetas que sacó tu primita?") con excesiva reluctancia. Son los que, a lo largo de los siglos, han enseñado a las prostitutas a tratar de "papito" a sus clientes. Les encanta hablar en diminutivo. Son carne de psicólogo, pero jamás irán por miedo a que "les descubran" su perversión.
  • El "gay-shame on demand". Es un muchacho que puede ser el más machito de la cuadra o todo un Liberace. Es "gay friendly" por superación o por pertenecer, aunque siempre con un "pero". Aplica filtros variados: no le gustan las mariquitas, le gustan las mariquitas, no le gustan los travestis gordos y viejos que se ven en las marchas de Orgullo Gay pero "con el hijo de puta Florencia de la V me cago de risa", proclama la libertad del mundo para hacer de su culo un florero pero cuando ve a dos bigotudos comerse la boca se descompone, si es un homosexual declarado algún subgrupo le da mucha vergüenza y hace que a veces lamente su "salida del closet".
    Algunos de la categoría anterior (machista cogelón) tienen a los travestis en la categoría "sólo borracho", pero les tienen terror sin alcohol de por medio*.
  • Los "santos varones". Tipos de moralina firme y trabajada por un esfuerzo familiar que lleva siglos de aplicación maniática. A medida que van saliendo del ámbito familiar se "liberan" de la parte que les queda corta de sisa, a veces por presión del entorno o por parecer más actualizados. Son genéticamente machistas y acartonados, pero sus débiles e imprecisos esfuerzos por negarlo confunden a todos (primero que nada a ellos mismos). Hacen sufrir a sus parejas con celos discontinuos con ex parejas, amigos y compañeros de trabajo. Viven obsesionados con el qué dirán (sobre todo, cuando es políticamente correcto -o incorrecto, cuando son espíritus en contradicción-) y repiten ciertos ritos sociales porque "están bien". Pueden tener una pareja durante años pero no están tranquilos hasta que no pasan por la Iglesia, por ejemplo.
  • El eterno adolescente. Categoría paradigmática, si la hay. Este buen hombre nunca alcanza la adultez porque siempre tiene algo que todavía no alcanza. Puede ser un estudiante crónico (o no se recibe nunca, o nunca termina de hacer los catorce posgrados que tiene planificados); uno que no "está listo" para asumir compromisos hasta que no tenga casa, auto, muebles (incluye electrodomésticos tan superfluos como lavavajillas o lustradores automáticos de zapatos), los años de jubilación aportados y un terrenito en San Antonio de Padua como inversión; otro que está casado con sus provectos padres y "debe cuidarlos" cual si fueran dos vegetales (aunque se la pasen de viaje por Europa, Salta o las termas de Villa Elisa); el existencialista que deja todo a medio hacer porque nada lo conforma o el egoísta que se resiste a verse invadido y compartir la cama solar, el mini gimnasio, el equipo de audio, el plasma y que le cuestionen la Wii.
  • El perfeccionista existencialista. Vive el presente como una transición hacia algo mejor, por lo que no disfruta nada de lo que tiene. No puede parar dos minutos a disfrutar nada: si está en un restaurant, se lamenta de no haber ido a otro mejor. Su pareja le gustaría más si se cortara el pelo así, se vistiera asá (de hecho, tiene todo una lista de cosas que cambiar, que a veces incluye a la persona). Es capaz de emprender (porque es un emprendedor empedernido -linda cacofonía, debo decir-) tres o cuatro cosas al mismo tiempo que no tienen nada que ver entre sí. salvo él mismo (cría de gusanos de seda, venta de productos en hogares, kung fu y fútbol cinco -en los partidos con los amigos es odiado porque se convierte en un insoportable que quiere ganar a cualquier costo-).
    Cuando tiene sexo con su pareja piensa en su amante (verdadera o putativa) y viceversa. Aunque no lo necesite, toma Viagra y es capaz de hacer ejercicios de alargamiento peneano (a escondidas).
  • El Rodolfo Ranni hipocondríaco. Es un recio de ley, capaz de disolver un puchero femenino con una mirada, discutir por cualquier motivo o mirar catorce horas seguidas de deportes violentos, mientras le pega a una bolsa con arena. Pero si le muestran un moco, amenazan con escupirlo o estornudarle encima se muere del zocaga. Heredó los miedos a ciertas enfermedades comunes del árbol genealógico (alcoholismo, locura, catatonia, cáncer) y morbosamente acumula información sobre males diversos como botulismo, rabia y tétanos. Revisa bien las hamburguesas del patio de comidas para ver si están bien cocidas, le pone vinagre a todos los vegetales y desconfía de los restaurantes "tenedor libre". Se cree todas las propagandas de Danonino, Activia y Actimel. No comulgar con sus creencias implica discutir todo el tiempo.
Bueno, ninguna de estas listas es completa, pero es lo que hay. Si quieren que me ponga a enlistar a la humanidad entera, están jodidos. En todo caso, yo mismo estoy en estas categorías, y más de una vez, a veces de manera un tanto tangencial pero me caben las generales de la ley.
A los que se reconozcan entre estas exigüas descripciones y no les guste, psicólogo o una petaca de ron (con yema de huevo batida y un poco de caramelo líquido queda muy bien y pega más, diría Rodrigo).


(* Cuando trabajaba en una fábrica con plantel totalmente masculino, una vez pregunté si -en una anécdota muy festejada que incluía la participación de un señor que les pagaba la estadía en una ciudad balnearia a unos atorrantes a cambio de ciertos servicios- ya que ser puto era tener sexo con un hombre, "prestar servicios" era también "ser" puto. Se hizo un silencio incómodo y el narrador -también protagonista de la historia en calidad de "atorrante"- me invitó a pelear ahí mismo, en el comedor de la planta.)


(Nota: releyendo lo que escribía, me percaté de que escribí "los travestis gordos y viejos" así, en masculino. Iba a corregirlo por "las travestis gordas y viejas", políticamente más correcto (por lo menos, en mi entorno). Lo dejo así porque quiero que se vea que yo también tengo prejuicios o contradicciones que confunden mi mensaje.)